Los que se excitan a sí mismos

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Enric Fontcuberta | Efe

26 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

No creo que solo los jóvenes vayan a ser los protagonistas de los disparates que viviremos. Las imágenes del finde en Italia dejan claro que el trabajo hecho nos lo podemos cargar en la salida de toriles. Trump no es un crío y bebía hidroxicloroquina como un refresco. Habrá juventud en las imprudencias, porque los jóvenes son una bomba de hormonas sobre zapatillas deportivas, pero no faltarán en los sucesos los adultos que se pasean por la calle con un melón encima de los hombros. La edad te da capacidad de discernir, lo que de chaval solo recibes como información. Aprendes a cribar los datos. Pero no mitifiquemos las añadas. Hay mucha pereza y mucho cansancio en ese estarse quieto de las canas. Y es que no hay edades, hay cabezas vacías. Cada imprudencia que se ve por las plazas, las terrazas y las playas, y se observan unas cuantas, agita la señal de peligro del miedo. Recordemos unos clásicos que, de momento, han venido para quedarse. «Tu mascarilla me protege a mí. Mi mascarilla te protege a ti». «Solo volvemos a tener sitio para ti en el hospital». Esta frase, que no se cansan de repetir los sanitarios, indica que ahora tenemos capacidad de respuesta en unos hospitales en los que hemos despedido a tantos. No salimos de ésta más fuertes, me contentaría con que saliésemos un poco más razonables. Pero la gente no cambia. El trepa tiene raíz de planta trepadora y seguirá aupándose en los hombros del currante para ponerse él las medallas. La lucha contra el covid-19 no fue de trepas. Fue un monumental trabajo en equipo. De los que estuvieron luchando en primera línea contra el virus, de los que tuvieron el virus y lo han conseguido contar, de todos los que cambiamos nuestras vidas y nos confinamos, de todos los que nos empobrecimos o de los que directamente se han arruinado para aguantar el tirón y sacar nota en el arresto domiciliario. Por los que hemos sumado para multiplicar, intentemos que las ganas de vivir no hundan la casa levantada. Vamos a ir paso a paso. Hay gente que quema bosques. Sufriremos a tipos que conducirán como si no hubiera un mañana tras beberse unos galones de gasolina y echarle al depósito de su buga unos litros de cerveza. No serán estos bárbaros los únicos que nos compliquen la operación salida. Estarán también los sobrados, la mochufa que les llama Santiago Lorenzo en su novela, los que saben tanto que básicamente no tienen ni idea. Esos sabelotodo, expertos en excitarse a sí mismos, dificultarán la vida de la gente corriente. No quiero una nueva normalidad. Quiero normalidad, junto a esa oenegé de gente normal que supo hacer los deberes con sentidiño.