Cuando era vicepresidente de Barack Obama, Joe Biden impulsó la reforma de un reglamento universitario llamado Título IX. La reforma ampliaba enormemente la definición de acoso sexual y reducía la importancia de las pruebas, hasta el punto de que el simple testimonio de la denunciante se consideraba suficiente y no podía ser cuestionado mediante interrogatorio. De modo que Biden tiene suerte de que esa norma que él apadrinó para los jóvenes de su país no rija para él, porque entonces su carrera política, y con ella sus posibilidades de ser el próximo presidente de Estados Unidos, se habrían terminado ayer mismo. Biden ha sido acusado de agresión sexual por una antigua colaborada llamada Tara Reade, y ayer se limitó a negarlo todo. No puede hacer otra cosa para defenderse, ya que la alegación descansa exclusivamente en el testimonio de Reade.

Es aquí donde la comparación con el caso Kavanaugh se hace inevitable. En el 2018, Brett Kavanaugh, un candidato de Donald Trump a juez del Tribunal Supremo, fue acusado de un delito similar por otra mujer llamada Christine Blasey Ford. También entonces la acusación dependía sólo de la palabra de la denunciante. Los dos asuntos son tan similares que podrían ser intercambiables, pero su tratamiento público no puede ser más distinto. La acusadora de Kavanaugh recibió el apoyo casi unánime de la prensa -que en Estados Unidos tiene un fuerte sesgo prodemócrata-, sus apariciones en televisión se volvieron constantes, el movimiento #MeToo organizó movilizaciones, y activistas disfrazadas como personajes de la serie de televisión El cuento de la criada interrumpían las sesiones del comité del Congreso que debía confirmar a Kavanaugh. La mujer que ha acusado a Biden, en cambio, todavía no ha sido invitada a ningún plató de televisión, el New York Times tardó casi veinte días en siquiera mencionar la historia, y cuando lo hizo fue para intentar rebatirla. Time's Up, el brazo militante del movimiento #MeToo rechazó darle apoyo legal y alguna de sus figuras más conocidas, como la actriz Alyssa Milano, se han apresurado a dar a entender que el eslogan «hay que creer a todas las mujeres» se refiere a las mujeres en abstracto, no a esta en concreto.

No tiene nada de sorprendente. Idealizaciones aparte, el movimiento #MeToo se desarrolló en el entorno de la élite demócrata norteamericana -simbolizada por Hollywood. Como todos los activismos, incurre con frecuencia en la incoherencia, porque la realidad es siempre más compleja que el idealismo. No es tanto una cuestión de hipocresía como de prejuicio: las personas fuertemente politizadas no son conscientes de que perciben el mundo de una manera tendenciosa. De modo que la carrera de Biden está a salvo. Según la última encuesta, un 34 por ciento de los votantes le creen. Es decir, el mismo número de personas que ya le apoyaban. Cuando los activistas demócratas se preguntan cómo es posible que, sabiéndose lo que se sabe de Donald Trump, haya gente que le siga apoyando, tienen la respuesta a mano: son cómo ellos.

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Joe Biden y los límites del #MeToo