El jeroglífico de la desescalada

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Enric Fontcuberta | Efe

29 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Cualquiera que hubiera dedicado una parte de su tiempo a pensar en la fase de desescalada en que antes o después tenía que desembocar el confinamiento a cal y canto decretado por el Gobierno hace más de seis semanas era consciente del inmenso desafío que iba a suponer sacar a la gente ordenadamente de sus casas, es decir, volver a la vida cotidiana de forma progresiva, evitando echar por tierra el durísimo esfuerzo, personal y colectivo, de inmensas consecuencias sociales y económicas, realizado hasta la fecha.

Porque, digamos la verdad, meter a la gente en sus hogares apurada por el miedo a la enfermedad provocada por un virus altamente contagioso es una operación relativamente fácil: basta proclamar el estado de alarma para limitar (de hecho, suprimir) el derecho a la libre circulación de las personas y multar con suma dureza a quienes se salten tan radical confinamiento, sirviéndose para ello, ¡por cierto!, de aquella supuestamente nefanda ley mordaza que los dos partidos del Gobierno consideraban urgente derogar hasta que llegó el covid-19.

Mucho más difícil es, sin embargo, acabar con el encierro de un modo razonablemente seguro y eficaz. Seguro, pues la desescalada debe producirse de tal forma que sea posible evitar, o reducir, las posibilidades de que la epidemia rebrote y campe de nuevo a sus anchas por pueblos y ciudades. Y de forma eficaz, para conseguir que la vuelta a las calles, y al trabajo, y al ocio, y a las relaciones sociales y, en fin, a todo aquello que caracteriza la normalidad, se produzca con arreglo a unas pautas prudentes, pero no tan restrictivas que hagan que el remedio acabe siendo tan malo, si no peor, que la enfermedad.