No más improvisación


La última rectificación del Gobierno, que alivia relativamente el confinamiento de los niños, ha sido bien recibida. Por mucho que se hubiese acordado poco antes en un Consejo de Ministros darles como única posibilidad de descompresión, tras más de cuarenta días sin salir de casa, acompañar a un adulto al banco, a la farmacia o al supermercado era algo ininteligible. No solo por quienes tienen hijos, sino por cualquier persona con sentido común, expresión tan utilizada por la portavoz del Ejecutivo.

Rectificar es de sabios. Pero más sabio sería el Gobierno si aplicase en su trabajo las recomendaciones de cautela y prudencia con que exhorta diariamente a los ciudadanos. A nadie se le oculta que gestionar esta crisis no es fácil ni se aprende en un manual, y fuese quien fuese el que tuviese la responsabilidad de enfrentarla no podría evitar un margen de error elevado. Pero, aun con la consideración que está poniendo toda la sociedad en comprender la dificultad de tomar decisiones en un entorno desconocido, no es lo mismo equivocarse que improvisar alocadamente.

Se vio el martes con un (afortunado) cambio radical a las pocas horas. Y se padeció con demasiada frecuencia desde el inicio de la crisis. Basta recordar aquella larga noche en que hasta pocos minutos antes de las doce empresarios y trabajadores no pudieron saber si al día siguiente podrían acudir a sus puestos o les quedaría prohibido. Basta recordar la confusión creada con la inexacta comunicación sobre los despidos. Basta, en fin, hacer memoria de todas las contradicciones y dilaciones que surgieron tras las reuniones del Gobierno, que a todas luces no transmiten la idea constitucional de decisiones colegiadas, sino que desvelan un campo de batalla en la mesa del Consejo.

Todo ello, con ser grave, no es lo único que abona la evidencia de improvisación o ineficacia. La compra de material sanitario deteriorado o sin garantías ha traído como consecuencia que numerosos profesionales se hayan contagiado, la pésima atención a las residencias de mayores ha agravado los daños a la población más amenazada y el inexplicable descontrol en el recuento de víctimas -como ayer mismo se advirtió de nuevo con las cifras de Madrid- nos hacen aparecer como un país poco creíble, descuidado y caótico.

No es infalibilidad lo que se puede reclamar al Gobierno. Pero sí pensamiento. Que sopese sus decisiones, que aparque las luchas internas, que se coordine con las autonomías y los agentes sociales para acabar con el confinamiento en casa y en la economía. Que actúe con seguridad. Que nos dé un motivo para la confianza.

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