El mito del Gobierno unitario


Si fuese verdad que la unidad de acción es el elixir que cura todas las desgracias, y que, cada vez que una circunstancia histórica nos pone al borde del abismo, hay que aparcar las diferencias, para unirse todos contra la pandemia, la crisis, la desigualdad, el terrorismo o la violencia de género, habría que concluir que la monarquía absoluta y la dictadura estalinista son excelentes regímenes políticos. E incluso habría que aceptar, sensu contrario, que la democracia es un juego político para los países ricos, muy útil para entretenerse mientras todo va bien, pero que, tan pronto como asoma la tormenta, debe replegarse hacia la unidad y la piña de partidos -¡todos juntos!-, que es lo único serio y honrado que funciona en política.

La aberración lógica de esta conducta llega a su máxima contradicción cuando -como ahora nos dicen, y sin ponerse colorados- la idea de unidad frente a la crisis se impone también a los sistemas económicos e ideológicos, de manera que, si viene el coronavirus, y nos encuentra dirigidos por un gobierno bipolar, social-populista, inexperto, incapaz de definir sus políticas social y económica, y sin más aval que una mayoría atrabiliaria y rota, que no cree en España, y que depende de todos los iluminados a los que el sabio pueblo les regala los escaños como si fuesen caramelos -para que, en vez de gobernar España, asfalten la carretera de su pueblo-, todos somos invitados a unirnos a esa trapallada, para -digámoslo claramente- dejar aparcada la política, e incluso la democracia, y salvar al país mediante la beatífica unidad de los rotos con los descosidos.

El paroxismo unitario se produce, finalmente, cuando el cuerpo electoral cree que votar es como jugar al póker, y que se puede ir de farol con total independencia de las cartas que se tengan. Porque, poniendo cara de marmolillo, sin dar ninguna señal de miedo ni inseguridad, siempre es posible ganar: en el póker porque los adversarios no van; y en política porque se entiende que la unidad siempre es posible y lo arregla todo. Por eso estamos tan tranquilos. Porque habiendo generado un país ingobernable, y un Gobierno bifronte, con una mayoría parlamentaria llena de traidores y cantamañanas, ponemos cara de marmolillo, rescatamos el mito de la unidad de acción, juntamos a Pablo Iglesias con Cayetana Álvarez de Toledo, a Sánchez con Abascal, a Torra con Arrimadas, a Yolanda Díaz con Casado, a Puigdemont con Marlaska y a Rufián con Margarita Robles, salpimentamos, ponemos la perola al fuego, aplicamos la batidora y… ¡a gobernar, que viene el coronavirus!

¿Qué nos pasa? ¿Qué concepto tenemos de gobierno, democracia, pluralismo, oposición, sistema, debate y modelo socioeconómico? La verdad es que de eso no sabemos nada, ni nada nos importa. Primero hacemos lo que nos da la gana, y montamos un batiburrillo infumable. Y, cuando llega el virus, tiramos todo por la borda y nos ponemos a rezar al dios de la unidad esfarelada. ¡Pues sigamos así, vecinos, que con el tiempo se aprende!

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