Una «ofreza» por una pócima


Dicen que ya nada será igual después de este drama callado. Este diluvio invisible que nos tiene prisioneros en nuestras pequeñas arcas. Esta maldición que nos obliga a ignorar el viento que hace temblar el cíclope de Vilán, las lágrimas de belleza del río Belelle, el eco de la nave románica de Carboeiro o el enigma de la cripta del Forno de Santa Mariña de Augas Santas. Nos impide ir de vivos a San Andrés de Teixido, andar por el cielo de la catedral de Santiago, admirar la policromía del pórtico ourensán y ver el Sol muriendo en el océano frente a Fisterra. Y menos caminar los senderos alfombrados aún con las hojas viejas en la Ribeira Sacra, contemplar el nieto Miño, que le robó a su abuelo Sil la gloria de abrazarse con el Atlántico, el pedregal de Irimia o su estuario desde Santa Tegra. Este mal oculto también nos robó las «vistas dos meus ollos» da nosa nai da poesía, Rosalía. Y la visión épica de Ith desde Torre de Breogán. Ni nos está permitido perdernos debajo de los arcos de la Praia das Catedrais, ni adentrarnos en la oscuridad subterránea del Rei Centolo, ni sentarse al lado del maestro Cunqueiro ante la plaza de Mondoñedo, ni con Valle Inclán en la alameda compostelana, ni subir al San Bartolo. ¿Quién sabe si el azul cobalto sigue adornando las arenas de las Cíes? Dicen que no volveremos a estrecharnos las manos, a besarnos ni a darnos abrazos, pero detrás de la noche viene el día. Después de una hora llega otra. Detrás de una jornada amanece la siguiente, y, al transcurrir un mes, empieza otro; tras la primavera, el verano y, luego, el otoño. Yo me encomiendo a los dioses del Olimpo celta y a los de todas la religiones y me ofrezo a subir a O Pindo para que den con la pócima que nos libre de esta peste.

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Una «ofreza» por una pócima