Lo que no se ve, no existe


Supongo que todos los lectores conocen la frase «si no lo veo, no lo creo», pronunciada por Tomás, el apóstol, cuando sus compañeros le dijeron que habían visto a Cristo resucitado. Digo supongo porque en esta sociedad bastante descreída en la que nos toca vivir, muchas veces nos comportamos así: si no lo vemos, no existe; y, claro, nos acordamos de que ese jinete apocalíptico es real, porque palpamos los efectos, por eso acudimos a Santa Bárbara. Porque truena. ¡Y menudo estruendo! Un amigo, médico, que trabaja en la vanguardia contra el coronavirus en el Hospital Montecelo de Pontevedra, me decía lo siguiente: «En cierto modo, esta tragedia quizás sirva para recordarnos que tenemos que ser más humildes». Tiene razón. El mundo asiste atónito ante la pandemia de un virus que ni siquiera los científicos consideran que es un ser vivo. Y este veneno que nos invade ?esa es la definición etimológica de virus-, sin embargo es real porque, además, mata.

Existe consenso, más o menos generalizado, de que habrá solución para encontrar un antídoto. Tenemos esa esperanza. La pandemia clarifica el panorama en muchos aspectos y más que lo hará a tenor de las actuaciones y los hechos que se deriven de ellas: políticos, sociales, económicos...El tiempo dirá en qué ha cambiado el mundo y situará a países y personas en su sitio. Pero, por el momento, no existe homogeneidad en la toma de decisiones. Cada país tiene sus propias reglas. Es un sálvese quien pueda. Esto demuestra que no hay liderazgo. Me pregunto si la OMS ejerce alguno porque, visto lo visto, nadie le hace caso. Será por algo. La sarta de tonterías que se dicen y se hacen son increibles. No se salva casi nadie, desde Trump a Jhonson, pasando por Xi Jimping, Putin, López Obrador, Maduro o Sánchez con sus soflamas propagandísticas. Por no hablar de los que espolean el racismo, la discriminación o la xenofobia. Lo que se necesita es más «sentidiño».

Los enfermos del coronavirus no son las únicas víctimas. Mientras las sociedades industrializadas y ricas gastan sus ahorros y se endeudan hasta en lo que no tienen para enfrentarse a este tsunami, los países emergentes y más pobres tienen que hacer frente a ese otro caballo apocalíptico que es el hambre. Los países ricos tienen hospitales, médicos, empresas y organización. Los países pobres no pueden darse el lujo de mantener en sus casas a la población. No tienen cobertura social. El jornal del día supone la frontera entre morir de hambre o sobrevivir. Nosotros, los ricos, tenemos tiendas de comestibles y tarjeta de crédito que amortiguan el problema. En los países pobres no. Los países ricos consumimos el 80% de la información que genera el mundo y todas las portadas de los medios acaparan nuestro sufrimiento. Los países pobres no están en esas portadas. No sufren. Si las estimaciones científicas son ciertas, la hecatombe que se puede estar generando en África, Asia o Latinoamérica puede ser de destrucción devastadora antes de que el coronavirus se asiente con más violencia. Pero lo que no se ve, no existe.

Por Luis Grandal Periodista y profesor de Periodismo Internacional en la Universidad Carlos III

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