¡Dejad el feminismo! ¡Es cosa nuestra!


El comportamiento de las líderes políticas de la izquierda respecto del movimiento feminista, e incluso el de algunas de sus líderes sociales, presenta en España dos características que lo hacen verdaderamente peculiar: esas líderes defienden las reivindicaciones feministas como una propiedad particular; además, no admiten más interpretación del feminismo que la suya. Aunque ambas actitudes están relacionadas entre sí, merece la pena dedicarles una reflexión por separado.

La lucha histórica feminista -muy vinculada en sus orígenes al combate sufragista- se caracterizó por una aspiración bien comprensible: las sufragistas perseguían ampliar la base social del movimiento, de modo que su preocupación no era excluir, sino incluir. Bastante tenían con enfrentarse a la incomprensión de la mayoría de los hombres de su tiempo como para ponerse estupendas expulsando también a las mujeres que se acercaban a una causa que, cuanto más transversal, más posibilidades tenía de alcanzar sus objetivos. Con el tiempo, como ha ocurrido con otras reivindicaciones sociales o políticas (la del estado de bienestar, por ejemplo), el feminismo entendido como la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres acabaría por triunfar y convertirse en lo que es ya hoy con toda claridad: una corriente de pensamiento y una práctica política compartida por una gran parte de la sociedad, sin distinción de clase, sexo o ideología.

Ha sido justamente esa extraordinaria expansión política y social la que explica que hayan aparecido en el feminismo diversas interpretaciones sobre cuáles deben ser sus objetivos e incluso sobre los medios a utilizar para llegar a conseguirlos. Cuando un grupo de personas solo conforman una secta pueden aspirar al insólito objetivo de que todo el mundo piense igual sin apartarse de la ortodoxia ni un milímetro. Pero, a medida que la secta va transformándose en un amplio movimiento político y social, inevitablemente surgen diferencias en su seno, derivadas de las diversas formas de pensar y de los intereses en juego, que no tienen por que ser siempre coincidentes.

La razón por la cual el PSOE, Podemos o Izquierda Unida han decidido que el feminismo es cosa suya, que todos sus dirigentes (hombres o mujeres) son feministas por definición y que los restantes partidos democráticos solo podrán compartir las reivindicaciones feministas (en las manifestaciones del 8 de marzo, por ejemplo) cuando sus supuestos propietarios les den el visto bueno es la misma por la que afirman su monopolio para definir en cada coyuntura los contenidos del movimiento: porque los dirigentes de la izquierda lo ven hoy como un granero de votos que, como gato panza arriba, se niegan a compartir, aunque sea al precio de perjudicar al movimiento que proclaman defender.

La misma razón, por cierto, por la que esos mismos dirigentes se pelean entre sí, como han hecho recientemente los de Podemos y el PSOE, al tratar de rentabilizar la causa feminista con fines descaradamente partidistas.

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