La crisis desatada en los mercados de capitales por el virus COVID-19 constituye un salto cualitativo sin precedentes entre los retos que enfrenta la economía global, y concretamente los mercados de capitales, que normalmente anticipan el comportamiento de los flujos de financiación que conducen la economía real. Es sin embargo altamente probable que más pronto que tarde este sea, gracias a la ciencia, un virus más. Ello sin perjuicio de la engorrosa aclimatación coyuntural a los novedosamente masivos protocolos de contención, mientras estos duren. La economía y los mercados mundiales rebotarán entonces con vigor e inmunizados ante potenciales nuevos achaques globales.
Entretanto, irán disipándose las tres principales fuentes de incertidumbre que nuestra sociedad ha desarrollado en muy corto espacio de tiempo.
En primer lugar, la incertidumbre relativa a las nuevas pautas de organización del trabajo tanto en las empresas como en el sector público. Se han conocido estos días los protocolos que han comenzado a implementar numerosas organizaciones en este sentido, en lo que sin duda está llamado a constituirse como el mayor test realizado sobre las bondades del teletrabajo en términos de productividad, conciliación y reducción del impacto medioambiental derivado de la reducción del tráfico rodado en las principales ciudades.
En segundo lugar están los impactos sobre las pautas de consumo, que sin duda merecerán el incremento del acceso al comercio electrónico por parte de los segmentos de población más reticentes a utilizarlo hasta la fecha, y que acrecentará el uso que del mismo hagan sus usuarios habituales, en detrimento eso sí del consumo presencial.
En tercer lugar, y de no tan inmediatos efectos, se precipitará la necesidad de encontrar soluciones para el comercio minorista presencial en cada respectiva cadena de valor sectorial. Y como reverso de la misma moneda a otra escala, el arbitrio de soluciones logísticas más eficientes y flexibles, adecuadas a la nueva organización del trabajo y a la consolidación definitiva del comercio electrónico antes mencionadas.
Ciñéndonos a la dimensión económico-financiera de esta crisis, y trascendiendo los meros efectos estadísticos macroeconómicos sobre las contabilidades nacionales del ejercicio en curso, muy probablemente a medio plazo veremos una cierta catarsis de aspectos del comercio internacional y de la división del trabajo, catalizando nuevas sendas para ambos que redundarán en una mayor generación de riqueza futura. Comenzará por las grandes ciudades de los países afectados, pero de su consolidación en estas irá induciéndose una paulatina incorporación de las pequeñas urbes.
La profundidad de estas transformaciones será directamente proporcional a la duración del período de contención, que atendiendo al precedente chino todavía enfrenta varias semanas al menos.