Algorética


una ética que recuerde constantemente que la máquina está al servicio del ser humano y no a la inversa. ¿Algo más que una palabra nueva? Creo que no, espero que no. Su puesta de largo aconteció el pasado viernes en Roma, con la solemnidad propia de las grandes ocasiones; supongo que esto en sí mismo ya significa algo: al menos la trascendencia que la Pontificia Academia de la Vida, Microsoft, IBM, la FAO y el Parlamento Europeo le otorgan. La inteligencia artificial (IA) está en el corazón mismo del cambio de época que atravesamos, toca todas las dimensiones de la vida.

Según el documento ahí firmado, la ética de la inteligencia artificial comprende estos principios: transparencia, inclusión, responsabilidad, imparcialidad, fiabilidad, seguridad y privacidad. Estos serían la guía para una buena innovación, en el sentido moral del término, desde su diseño hasta su distribución y utilización. Se trata de que esta nueva y potente tecnología sea beneficiosa para el desarrollo de todos los seres humanos y de todo el ser humano, y respetuosa con el medio ambiente.

No nos engañemos, no va a ser tarea fácil. Porque la humanidad está tremendamente polarizada, dividida en bloques; nuestros políticos son mediocres y están centrados en las miserias del corto plazo y el juego partidista; los intereses económicos en juego son absolutamente astronómicos y suponen una gran tentación en la que, sin duda, más de uno va a caer. Pero hay que intentarlo con todas nuestras fuerzas.

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