Nombres para los hijos


Si a un aficionado español que oye recitar los nombres de los jugadores de la selección islandesa -Halldórsson, Gunnarsson, Ólafsson, Grétarsson, Árnason, Leifsson, Sverrisson, Hauksson...- le preguntan qué tienen en común, pueden esperarse dos respuestas: una, que la mayoría acaban en -son, y dos, que todos juegan al fútbol. Desechemos la segunda.

Los islandeses no tienen como nosotros, además de un nombre, unos apellidos que toman de sus progenitores, el primero de los cuales pasa a la siguiente generación. En la mayoría de los casos añaden a su nombre el de su padre en genitivo con la terminación -son, que significa ‘hijo de’. Si se trata de una mujer se añade -dóttit, ‘hija de’. Así, si un tal Einar Steinsson tiene un hijo varón y le pone el nombre Grétar, este se llamará Grétar Einarsson (Grétar hijo de Einar). A su vez, el hijo de Grétar no heredará el apellido Einarsson, sino que el suyo será Grétarsson. También se pueden formar a partir del nombre de la madre. Estos están creciendo, muchas veces por rupturas familiares y otras por el aumento de madres solteras.

Esta manera de formar los apellidos, que en otras épocas fue común a todos los pueblos escandinavos, no es el único rasgo singular del procedimiento de los islandeses para darse nombre. El otro es que unos padres no pueden ponerle a su hijo cualquier nombre. Ha de ser, por obligación legal, uno de los tres mil y pico existentes en una lista oficial. Quien desee emplear otro ha de solicitarlo, previo pago de la tasa correspondiente, a un comité que se ocupar de ese menester. Será aprobado si cumple ciertos requisitos en relación con el islandés, además de otros como los que existen en España para que el nombre no suponga en el futuro un problema para quien lo lleve. El comité en cuestión rechaza casi tantas solicitudes como las que atiende. Estos días ha trascendido que un matrimonio formado por un inglés y una islandesa residentes en Reikiavik mantiene una batalla legal con el Gobierno, que deniega el pasaporte a sus hijos porque se llaman Harriet y Duncan.

El peligro de normas como esta, destinadas a conservar una cultura, es que puedan ser copiadas con fines excluyentes en contextos multiculturales, donde solo deberían proscribirse los nombres que, por extravagantes y ridículos, predestinan a los críos a ser víctimas de acoso escolar.

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