Resulta que ahora algunos quieren hacerle a los gallegos un examen de castellano. Se está convirtiendo en costumbre que puntualmente un político lance un grito de socorro: el español, cautivo y desarmado en Galicia. Sí, aquí hay gente con muchos años a sus espaldas con cierta dificultad para escribir. No solo en el idioma de Cervantes. Para escribir en general. Son aquellos que no podían acabar los estudios básicos porque tenían que trabajar. Por cierto, a nadie parecía importarle en aquel régimen tan patriota. Como en el resto de España, también sobran chavales que utilizan la ortografía del pulgar, esa que siempre prima la letra más cercana al dedo y cuyas creaciones se propagan más allá del WhatsApp como si fueran plumachos léxicos. Y abundan las gentes de todas las edades que esparcen las comas y las tildes en los textos como si salpimentaran un filete de ternera. En Galicia y en el resto de comunidades. Pero no pasa nada. Tampoco preocupa en exceso que el francés continúe mirando por encima del hombro al español en numerosos escenarios, con un estatus superior en determinados ámbitos pese a que el número de hablantes es muy inferior. La enfermedad crónica de la oportunidad perdida.

Pero a unos les parece que si el gallego está en las aulas y en la vida en general no deja espacio al castellano. Y viceversa. Como si aquí los idiomas participaran en el juego de las sillas y uno excluyera al otro. Como si no hubiera suficiente oxígeno. Toda una lección de convivencia. Cerrarle las puertas a una lengua que se puede aprender con naturalidad es una aberración. Es cortarse alas. Esa tesis solo pueden defenderla ciertos pájaros.

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Examen de castellano