Quedada en la terminal


Si uno queda en la terminal de un aeropuerto internacional, no queda en tierra de nadie, queda en territorio de la nación donde está el aeropuerto. Si uno es ministro y queda en la terminal de Barajas con una ministra que tiene prohibido tomar tierra en España, quizá pueda evitar, con discreción diplomática, un conflicto geopolítico, pero no puede alegar que la quedada tuvo lugar en «suelo no español» o en «terreno fronterizo», sobre todo si uno no es ministro de Asuntos Exteriores, sino de Transportes, de quien dependen los aeropuertos. Oficialmente, por supuesto, la quedada no se denomina quedada, ni siquiera reunión, sino «encuentro». Si el mismo tuvo lugar en el espacio Schengen, no deja de ser territorio nacional.

La zona de tránsito de un aeropuerto, por la que pueden circular pasajeros que no han de pasar los controles aduaneros mientras esperan para subirse a otro avión, aunque es conocida como zona internacional, es zona nacional. Sin embargo, la casuística de los sujetos que pululan por la terminal es muy variada. Además de ministros y pasajeros pendientes de transbordos, puede haber refugiados, asilados, expulsados, rechazados, retenidos, detenidos… Por eso, y por vacío legal, el estatus jurídico de ese espacio resulta a veces confuso y difuso, hasta el punto de que pareciera que, según el asunto y el pasajero, un affaire en el mismo es considerado como propio o ajeno.

En La terminal de Steven Spielberg y en Snowden de Oliver Stone, películas basadas en hechos reales, los protagonistas quedan atrapados en las zonas de tránsito de aeropuertos internacionales. Tom Hanks interpreta a un ingenuo refugiado cuyo país de origen desaparece y no es admitido en el país de destino, por lo que se queda a vivir en una terminal del aeropuerto JFK de Nueva York. Josep Gordon-Levitt interpreta a Edward Snowden, un experto informático que filtró información secreta y se vio obligado a quedarse en el aeropuerto Sheremétievo de Moscú. Las situaciones y los tiempos de permanencia en las zonas de tránsito son ficticias. La terminal real es menos propicia para comedias románticas o thrillers políticos. Ahora bien, una quedada en la terminal puede acabar como Casablanca, esto es, con el comienzo de una hermosa amistad, entre la niebla, mientras rugen los motores del avión que despega.

Por Pedro Armas Profesor de la Universidade da Coruña

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