ETA era esto y no se puede olvidar


Maixabel mete en una fiambrera el pescado que ha sobrado y le da la bolsa a Ibon: «Como no has comido nada...». Se despiden con dos besos. «A seguir bien. Adiós». Parecen madre e hijo. Son parientes de sangre. Pero de una forma brutal. Maixabel es la viuda del socialista Juan Mari Jáuregui, figura clave para tirar del hilo en el caso Lasa-Zabala. Ibon es el terrorista que mató a su marido. Acaban de compartir mesa. Son los protagonistas de una larga escena en el primer capítulo del documental ETA, el fin del silencio, de Jon Sistiaga y Alfonso Cortés-Cavanillas. La charla empapa de tristeza. «Perdón no te he pedido. Porque lo que he hecho es imperdonable», explica Ibon. «No te voy a decir si te perdono o no. Quiero darte una segunda oportunidad para rehacer tu vida. Sois los mayores deslegitimadores del uso de la violencia», dice Maixabel. Se refiere a los que se han atrevido a reconocer sus asesinatos y a llamarlos así, sin el maquillaje burdo del lenguaje de guerrilla. «Cuando mataron a Juan Mari... Cuando matasteis a Juan Mari -se corrige Maixabel-, recuerdo las declaraciones de Arnaldo Otegi: “Hombre, Juan Mari había tomado partido”. Claro que sí, como tú. Todo el mundo toma partido, pero hay que saber respetarse. Fue en el año 2000». Tan lejos. Tan cerca. Antes, el reportaje ha vomitado imágenes de atentados. Parecía un capítulo de Narcos, con uno de esos montajes con imágenes de crímenes que, de tan reales, parecen inventados. Recordar es el antídoto necesario contra la doble banalización del terrorismo etarra: los del «todo es ETA» frente a los de «ETA no fue nada». Ibon confiesa: «Mi nombre siempre estará ligado al dolor de vuestra familia y de algunas más. Eso no se puede borrar». Nunca.

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