Tamara Falcó busca su sitio


De todas las celebridades que han dado el salto al mundo del reality, Tamara Falcó puede presumir de ser una de las pocas famosas de pura cepa. Alguien cuyo álbum de fotos familiar desde el minuto uno es pilar esencial de la hemeroteca del ¡Hola!. A diferencia de otros concursantes de la telerrealidad, ella no necesita a la televisión para alcanzar visibilidad. Pero no rehúye de buscar un hueco en la pantalla donde proyectar su aire frívolo e ingenuo y su genuina forma de ser. Ya intentó encontrar su sitio hace años con el docurreality We Love Tamara, pero mostraba en él un día a día tan insustancial que ni el deleite de mirar dentro de sus armarios hizo posible que el programa triunfara.

Ahora sí ha logrado convertirse en protagonista de MasterChef Celebrity de pleno derecho. Hay que reconocer que cuando el concurso anunció que ella sería una de las aspirantes de la nueva hornada pocos apostaban que duraría más allá de tres o cuatro semanas. No remaban a su favor las confesiones que le hizo a Bertín Osborne en la cocina de Isabel Preysler cuando resumió sus dotes culinarias en sándwiches y yogures. Nadie la imaginaba pringando de grasa su lustrosa manicura. Sin embargo, su entrega y su progresión la han convertido en semifinalista aventajada. Ha sudado sin desmaquillarse. Ha ejercido de capitana de ambos equipos corriendo como una gacela cada vez que alguien gritaba su nombre y conservando la templanza de quien se sabe con la vida resuelta. Pero también se ha prestado al teatrillo de fingir que entre ella y Jordi Cruz hay algo más que negocios. Tamara es un personaje en busca de autor.

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