Barreras: lecciones concursales


Muchos han creído que la estela de la crisis económica apenas dejaría siquiera una pequeña huella en la mar. Pero la bofetada ha sido y es grande. Una empresa gallega, uno de los astilleros más importantes de este país, sino el que más, acaba (conforme al artículo 5 Bis de la norma concursal) de solicitar un acuerdo de refinanciación con sus acreedores. Con todo, la estrategia inmediata es ganar tiempo y anticiparse a cualquier movimiento de todo acreedor que, por insignificante que sea la deuda, pueda solicitar concurso de acreedores si el astillero resulta insolvente. La insolvencia es un estado, no se es insolvente, se está, y esto significa una impotencia absoluta en el pago regular de las obligaciones exigibles. Las preguntas irrumpen inmediatamente: ¿estaba y está el astillero en incapacidad de pago? ¿Una mera falta de liquidez transitoria? Y, sobre todo, ¿cómo ha sido gestionada estos años o estos últimos meses? Por las noticias todos hemos visto lo que ha sucedido y cómo han sido cesados o despedidas determinadas personas.

No hace mucho tiempo, pero sí el suficiente para que no se haya reabierto el concurso anterior, que salía el mismo de un proceso concursal con una quita del 80 % de la cuantía de sus créditos. Los paganos, los acreedores. Todo lo que siguió es de sobra conocido. Dejémoslo únicamente en Pemex y aquél flotel. ¿Qué sucederá a partir de ahora? Por de pronto la apertura -y el juzgado así lo ha permitido- de negociaciones de cara bien a obtener la refinanciación, bien adhesiones en su caso para llegar a otro convenio y paralizar el concurso necesario. Nadie puede solicitar el concurso, tampoco el deudor, que como es obvio no lo haría, para ello se ha anticipado en la jugada. Quedan paralizados todos los procesos de ejecución sobre bienes y activos de la empresa si estos recaen sobre bienes necesarios para la actividad empresarial, por lo que sí caben ciertas ejecuciones a favor de acreedores y pasivos financieros. Esta actividad sigue en funcionamiento. Otra cosa es que estos días siga o no. Y lo que la ley otorga son tres meses, no cuatro, como se está diciendo para que el deudor y acreedores, traten de alcanzar un acuerdo de reestructuración definitiva de la empresa y poder sanearla. Si a los tres meses no se ha conseguido, el deudor tiene el plazo de un mes para instar, ahora sí, el concurso de acreedores en toda regla. De no lograr ese acuerdo, preparémonos para el peor de los escenarios, la liquidación, con la calificación de los responsables de la gestión de la empresa hasta este momento. Escenario que todos tratarán de evitar.

Pero la otra gran jugada entre bastidores será más de derecho societario y financiero que concursal. Controlar el capital del astillero. Saber quién financiará pero, ante todo, quién se hará con el control accionarial y cómo. Algunos acabarán entrando o llevándose de paso la empresa. De acreedores a dueños, o de clientes a dueños. Lecciones ya las hubo en su día en Pescanova. Pero esto no ha hecho más que empezar. Todo es posible, porque la ruleta nunca ha parado de dar vueltas. La suerte es que si esto llega a ocurrir en los tiempos de la otrora gigante de la construcción y promoción de raíz en su día gallega, no habría estas oportunidades.

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