La UE, como Teruel, también existe


Más allá del deterioro económico, las fracturas sociales y los desórdenes callejeros, el independentismo catalán nos tienen acorralados en tres aspectos de enorme alcance. El primero, el reblandecimiento del Estado de derecho, que, aunque es evidente que nunca estuvo en nuestras bocas tanto como ahora, resulta evidente que no lo invocamos por estar satisfechos de su marcha, sino porque ‘dime de qué hablas y te diré de qué adoleces’. El segundo, la creciente sensación de impunidad que sigue, como era de esperar, a la sentencia del Tribunal Supremo -tan colosal como aislada-, que nos tiene a todos embebidos en tres oxímoron absurdos: la soledad del honorable Torra, que hace y dice lo que le da la gana, y menea a Cataluña como quiere, sin que nadie le pare los pies; la extraña debilidad de las minorías violentas, que manejan a las inmensas mayorías con la misma facilidad con la que un perrito de pastor conduce su rebaño; y la renovada e insufrible retórica con la que se nos explica que todas las soluciones pasan por nuevas y arriesgadas cesiones del Estado, para que la garantizada deslealtad de la Generalitat no vuelva a marrar el tiro en su próxima revuelta.

El tercer hecho apabullante, que mereció un punto y aparte, es que la política española sigue abducida -en el peor y más alienante de los sentidos- por una Cataluña que, a base solemnizar chorradas, quemar contenedores, despreciar la ley y chulear al Estado, nos hace olvidar que estamos en elecciones; que llevamos cuatro años sumidos en un aberrante bloqueo; que hemos llenado el Parlamento de novatos, fuleros, bravucones y temerarios; que seguimos sin tener ninguna perspectiva de que, más allá de una investidura de urgencia, podamos ser gobernados de forma efectiva y decente durante cuatro años; y que la inmensa mayoría de nuestros intereses se juegan en una política europea que tenemos olvidada, mientras los populistas y euroescépticos minan sin piedad sus tratados e instituciones.

De esto último -con fondo de Celso Emilio: «Nunca virá de fora / remedio ou esperanza»- quiero hablarles en pocas líneas. Porque la UE se está españolizando, también, en el peor sentido de la palabra. Cruza, como quien lava, sus propias e irrevocables líneas rojas; negocia en cuarenta minutos -hablamos del brexit- lo que no resolvió en cuatro o cuarenta años; le da la razón a Thatcher -que sólo quería un Mercado Común- volviendo atrás, de manera subrepticia y progresiva, los acuerdos de Maastricht y Ámsterdam; delega todas las negociaciones institucionales en parejas audaces y absurdamente empoderadas, y obliga a que los jefes de estado y el Parlamento europeo refrenden «por unanimidad» lo que siempre dijeron que no podía ser y que además era imposible. Hablamos del brexit, obviamente, pero no solo del brexit. Porque Europa se españoliza -es decir, se hace cada día más gaseosa, débil e impredecible- a base de torras, cataluñas, cesiones, cambalaches de última hora y huida hacia adelante. Y nosotros aquí, con estos pelos.

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La UE, como Teruel, también existe