El cuento de Jim Botón


Más vale que tengamos pronto un Gobierno que gobierne, lo que asombrosamente se ha convertido en los últimos tiempos en un oxímoron: dos palabras que se contradicen. Ahí fuera la cosa está que arde y aquí dentro, mientras nos atacan los apaches, estamos discutiendo sobre el sexo de los ángeles (que digo yo que los habrá de los dos sexos para poder reproducirse, lo cual lleva a pensar que el coito, que diría Sheldon, puede ser un acto angelical...). Entre el desastre de Barreras, la crisis de As Pontes, la repesca de Pescanova, los aranceles de Trump, el brexit y yo qué sé qué más, vemos cómo se desgajan de nuestra vida inmensos trozos de incertidumbre como un deshielo.

Cuando voy a Madrid y veo la vía del AVE (que va a ser un pequeño jilguero animoso y saltarín, pero ya sabemos que no un halcón peregrino como el de Sevilla o el de Barcelona), me acuerdo de un cuento del escritor alemán Michael Ende, el autor de Momo y de La historia interminable, que leía constantemente en mi infancia y que se titula Jim Botón y Lucas el maquinista. La historia comienza en la pequeña isla de Lummerland, donde viven el niño negro y el hombre gordo y alegre cuyos nombres forman el título, y se dedican a mimar a Emma, una locomotora grande y maternal que silba alegres canciones con su sirena haciendo dúo con Lucas. La isla, que tiene además un rey y dos súbditos (la señora Quée y el señor Manga), es una descripción muy aproximada del paraíso.

Pero entonces abro el periódico y se me quita la sonrisa.

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