Es curioso: de todo lo que pasó en el segundo aniversario del 1-O, las ediciones digitales de los periódicos —incluido este— destacaron las palabras de Pedro Sánchez en la Ser: el 155 se puede aplicar con un Gobierno en funciones. La elección de esta frase para los titulares tiene sus motivos: no es frecuente escuchar a Pedro Sánchez hablar de ese famoso artículo; la mañana en Cataluña había sido relativamente tranquila; no se habían producido las manifestaciones de la tarde, y lo dicho por Torra y otros independentistas no ofrecía mayor novedad. Es decir, había dejado de ser noticia de portada.

Antes de las palabras del presidente en funciones había hablado Pablo Casado, que aparcó en el arcén la exigencia de un 155 preventivo y adelanta a Sánchez con la propuesta de aplicar la Ley de Seguridad Nacional y obligar al Gobierno a tomar las riendas de los Mossos d’Esquadra, idea bastante aplaudida por parte de la opinión publicada. Incluso se presentó como señal de cambio estratégico del PP ante las elecciones y como una prueba del viaje de Casado al centro político y a la moderación.

A este cronista no le parece mal que los dos líderes estén dispuestos a hacer que se cumplan las leyes en Cataluña. Faltaría más. Pero creo necesario hacer un par de reflexiones. La primera, para decir que ayer, al menos hasta la hora de escribir esta crónica, los Mossos d’Esquadra no dieron ningún motivo para que se les aplique la Ley de Seguridad Nacional. En los hechos de Gerona estuvieron dónde y cómo tenían que estar, protegieron el cuartel de la Guardia Civil y evitaron que se produjera el caos circulatorio en las calles o el corte del tráfico ferroviario. Y la segunda, para anotar que el 155 es la bomba atómica política. Para lanzarla, hay que hacer una buena previsión de daños y deben darse circunstancias que por el momento no se dan, como reconoce la muy ortodoxa Cayetana Álvarez de Toledo.

El conflicto catalán vuelve, por tanto, a donde solía: a una clase política regional ciega con su obsesión separatista y una clase dirigente española del palo y tente tieso. Y eso es lo que el independentismo percibe y se apresura a difundir para seguir hablando de represión. La autoridad está para ser ejercida, pero yo sigo diciendo otra cosa: al mismo tiempo que se invocan las leyes y los castigos, habría que aportar algo de esperanza, algo de cariño, aunque los separatistas no lo merezcan. El Estado español necesita volver a enamorar a aquella Cataluña que en 1978 aprobó la Constitución con un 91 % de los votos. Si no hay esa operación de seducción y enamoramiento, el control de los Mossos o el 155 solo resuelven un momento puntual. Pero no ganan ni una sola adhesión.

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