No dormiría tranquilo

EUROPA PRESS

No dormiría tranquilo si estuviese en mi mano cambiar las cosas. Si pudiese ceder en algo para poner el sistema en marcha. Me quitaría el sueño saber que en noviembre no va a cambiar nada y que habré hecho perder el tiempo a millones de personas. Estaría toda la noche en vela pensando en que se pudo hacer más y se pudieron buscar fórmulas para que esto no siguiese igual (o incluso peor)  que a finales de abril. Pero no es eso. Tampoco es el colchón. Todos sabemos que la primera decisión que se tomó al llegar a Moncloa fue comprar uno nuevo. El insomnio (y la urticaria) le entra a Pedro Sánchez al pensar en Pablo Iglesias, Irene Montero o Yolanda Díaz gestionando las pensiones de España.

En los tiempos que corren no es fácil conciliar el sueño. Quien más y quien menos tiene sus motivos para quedarse en vela. Horas de giros y giros sobre la almohada. A mí me mantiene despierto pensar en mi generación, esa que ya ve en el horizonte los 40 y sigue peleando por un empleo estable, un sueldo digno y unas condiciones mínimas para poder montar un proyecto de vida. En los que se atrevieron a  formar una familia y no pueden dormir cada vez que los niños tosen porque no saben cómo van a hacer para ir a trabajar y poder cuidarlos al mismo tiempo. En los horarios interminables, los turnos incompatibles con una vida familiar y los superabuelos que vuelven a criar con setenta y ochenta. En los 200 euros que cuesta el material para la vuelta al cole, las cuotas que asfixian a los pequeños autónomos, la vivienda que muchos no pueden pagar y las pensiones que se agotan el 15 de cada mes. Pienso en esa cita médica para dentro de seis meses que no sabes dónde guardar para que no se te olvide. En los que tienen que pagar en la privada porque casi no hay psicólogos en la pública. En las industrias sin futuro, los que se marchan para encontrar trabajo después de años formándose y los comercios que cierran porque es más fácil comprar haciendo un click. 

Mientras busco la postura y le doy la vuelta a la almohada pienso en los que afrontan el final de su vida solos, los que tienen que cuidar a los suyos trabajando al mismo tiempo y los que conviven con medicamentos pero sin esperanza. Y en el futuro que les espera a los que hoy están en la escuela. Me preocupan los que no han abierto nunca un libro. Que su vida sea solo lo que ocurre en Instagram. Tantos y tantos adictos a la tecnología sin conocer sus riesgos. Que una colleja que le dan hoy a un niño en un colegio de Pontevedra, mañana la estén viendo en Hong Kong. Y no duermo cuando pienso en que escuchan con atención lo que dice cualquier youtuber y se ponen los cascos para ignorar a su maestro.

No puedo dormir tranquilo porque la manada de San Fermín parece haber creado escuela y mis hijas algún día tendrán que volver solas a casa. Y cuando pienso en esos niños que esta misma semana perdieron a su madre, a su tía y a su abuela y vieron cómo era precisamente su padre el que disparaba la pistola. Me irrita que eso haya servido de excusa para que algunos que viven de la política monten un show de pancartas. La incompetencia política me quita muchas horas de sueño. Ante el peor de los escenarios posibles -la economía echando el freno, el brexit a la vuelta de la esquina y en cuenta atrás para una sentencia que reabrirá el conflicto catalán- ellos no han estado a la altura. Luces cortas,  mucha palabrería y pocas ganas de remangarse y ponerse a trabajar. Irresponsable Pedro. Los Pablos y Albert, también. Y los 346 que les acompañan. En noviembre no contéis con mi voto.

 

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