¿A qué juega Pedro Sánchez?


Allá por finales de julio, la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, anunció solemnemente que los miembros del Ejecutivo no se irían este año de vacaciones porque había que «aprovechar el tiempo» para negociar y conseguir apoyos a la investidura de Pedro Sánchez en el mes de septiembre. Calvo invitaba a los dirigentes de todos los partidos a acompañar al Gobierno en ese abnegado sacrificio personal renunciando a sus días de asueto para «hacer su trabajo» y evitar unas nuevas elecciones, que serían las cuartas en cuatro años. De entrada, pronto nos enteramos de que ese esfuerzo estajanovista se le exigía al resto de los mortales, pero no al presidente del Gobierno en funciones, que tuvo a bien pasar unos días de descanso junto a su familia en el Palacio de las Marismillas de Doñana. Pero, concluido agosto, tampoco hemos tenido noticias de que algún miembro del Ejecutivo haya movido un dedo para «aprovechar el tiempo» y buscar acuerdos, como proponía Calvo. Al contrario, según Pablo Iglesias, socio imprescindible para Sánchez, nadie le ha contactado en todo el mes de agosto. Ignoramos por tanto a qué se dedicaron los ministros y dirigentes socialistas que se quedaron este año de Rodríguez. Aunque tampoco nos dan mucha lástima, porque ya se sabe lo que dice el popular axioma: «Madrid, en verano, sin familia y con dinero, Baden-Baden».

Lo cierto es que Sánchez no solo ha desaprovechado todo el mes de agosto, sino que ya en septiembre, a 20 días de la fecha fatídica que obligaría a convocar de nuevo elecciones, más allá de presentar hoy su programa de Gobierno -ya iba siendo hora desde que en febrero anunciara la disolución de las Cortes- sigue jugando a esconder la bolita y mantiene la parálisis política mareando la perdiz sin fijar fecha para una reunión con Iglesias. Una estrategia esa, la de impedir un debate público y forzar una negociación exprés en solo unos días, que, salvando las distancias, le empareja con el primer ministro británico, Boris Johnson.

Pero, con negociación corta o larga, lo que Pedro Sánchez nos sigue hurtando es una explicación sobre cómo pretende gobernar. Resulta desconcertante que insista en que quiere formar con apoyo de Podemos «un Gobierno progresista liderado por el PSOE que no dependa de fuerzas independentistas». O Sánchez no sabe sumar, o simplemente nos toma el pelo. No hay ninguna posibilidad de formar un «Gobierno progresista», si entendemos como tal a uno pactado entre el PSOE y Podemos, que no dependa de los independentistas. Sin el voto a favor o la abstención de Gabriel Rufián o Arnaldo Otegi, Sánchez no será investido. Con acuerdo con Unidas Podemos o sin él. Con Ejecutivo de coalición, de cooperación o mediopensionista. A no ser, claro, que lo que pretenda es el chiste final de presentar un programa de Gobierno muy de izquierdas que convenza a Podemos, y que sean los partidos de derecha los que le presten sus votos para que pueda llegar a ejecutarlo. Pero para eso no hay tiempo, porque el día de los inocentes es el 28 de diciembre.

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