Manadas y reguetontos


La última acaba de atacar en Murcia, pero este año se contabilizan ya en España 40 manadas. El 25 % de los agresores son menores, también el 38 % de las víctimas. ¿Pasa más o se cuenta más? Me inclino por la segunda opción. Las manadas tienen un algo pegadizo, mucho más peligroso e inconsciente que un trap. Ahora salen smartphone en mano del cortello (por la libertad, y la actitud rebelde, valiente, de la mujer para vivir según sus reglas y no callar), pero las manadas son tan viejas como el instinto cobarde de humillar, de abusar y de atacar. Margarita García Robayo describe en Primera persona, libro de narraciones autobiográficas tan duras como brillantes, una agresión grupal en los 90, y la urdimbre que hay tras el caso, que no son canciones de reguetón, sino una educación represiva, coercitiva, desigual, que impone la norma desde la tribuna de una mística o superioridad moral y va más en serio que la estrategia de márketing machista de Kanye West.

No seré yo quien le baile al agua a Las cuatro babys de Maluma, a la Mala mujer de C. Tangana, al Callaíta de Bad Bunny o al A mí me gustan mayores de Becky G. Pero ojo con defender como si nada la censura, el veto y la cancelación. A ver si vamos a ver en Maluma al pope de la cultura de la violación, y saltándonos muchas vallas considerar sinónimos violación y reguetón.

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