Con los brazos cerrados


No puedo por menos que solidarizarme con las 107 personas -ya no sé si denominarles inmigrantes, migrantes o refugiados- que, a la hora de escribir este artículo, todavía se encuentran a bordo del buque Open Arms (brazos abiertos). Y me solidarizo porque me imagino que, detrás de cada una, hay una historia de horror derivada de la guerra, de miseria e injusticia social consecuencia de la pobreza o, simplemente, de deseo de una vida mejor ante la falta de expectativas en su país de origen. Pero, también me solidarizo porque son las víctimas involuntarias de la lucha política, tanto nacional de los potenciales países de acogida inicial, como Italia y España, como internacional de la Unión Europea.

 Y es que, aunque el número de rescatados por el Open Arms no es significativo, sí tiene una gran relevancia simbólica. El férreo rechazo de Salvini solo es la punta del iceberg de una opinión mucho más extendida de lo que nos gustaría reconocer.

Ningún país europeo, a excepción de los gobernados por partidos conservadores como Hungría, Austria o Italia, quiere manifestar de forma abierta y clara que no desea la llegada de más inmigrantes no buscados porque sería poco humanitario, pero, lo cierto es que el lentísimo ritmo de aceptación de las solicitudes -agravado por la preocupación derivada del terrorismo- como de integración de estas personas demuestra que no son bienvenidas. Los factores son múltiples y muy diversos: desde la ralentización de la economía, pasando por un repunte de la criminalidad de determinados grupos extranjeros, hasta la gran diferencia cultural. La realidad es que están lejos de ser bienvenidos con los brazos abiertos y esto irá a peor.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
5 votos
Comentarios

Con los brazos cerrados