Váyase con Dios, monseñor Fratini


Monseñor Renzo Fratini fue designado nuncio apostólico en España por el papa Benedicto XVI en el 2009. Venía decidido, o al menos así lo interpretó el sector ultramontano de la iglesia española, a poner fin al «pasteleo» que su predecesor, Manuel Monteiro de Castro, se traía «con el Gobierno más laicista de Europa». El de Zapatero, obviamente. Un pecador este que, al tiempo que instauraba el matrimonio contranatura, repartía píldoras anticonceptivas en las esquinas de los colegios y facilitaba el aborto sin cortapisas, era recibido en la nunciatura y compartía amigablemente «un caldito» portugués con monseñor Monteiro.

Diez años después, Renzo Fratini se jubila. Y lo hace despachándose a gusto contra la exhumación de la momia de Franco, ese hombre que «algunos llaman dictador» y «algunos dicen que ha liberado a España de [¿en?] una guerra civil». Algunos podrían pensar que la opinión de monseñor refleja su resquemor y frustración por no haber logrado reconducir al redil el país descarriado. Ni siquiera consiguió que el Gobierno amigo diese «un paso adelante» con su reforma del aborto, aquella que prescribía que la maternidad comienza con la concepción y que la mujer «en esos nueve meses también es madre».

Pero no. Sus palabras no destilan despecho, sino que destapan la fibra fascistoide del personaje. Renzo Fratini es una reencarnación de aquellos obispos de la cruzada que, a la puerta de la catedral, saludaban al modo fascista a quien «algunos» llaman dictador. O que conducían bajo palio al libertador de España.

Esas son sus credenciales. Las del discípulo obediente del cardenal Sodano, aquel que arrastró al papa Juan Pablo II al balcón de la Casa de la Moneda para bendecir el régimen de Pinochet. Y las del nuncio que, ya en España, consideraba «lamentable» el cautiverio de Varela Geiss, un neonazi catalán condenado repetidas veces por apología del genocidio y publicación ilegal del Mein Kampf de Hitler.

Esa es la catadura del personaje que acusa a Pedro Sánchez de «resucitar a Franco», como si tal milagro, de ser factible, le desagradase a monseñor. Que reduce la cuestión de la momia a un contencioso entre el Gobierno y una familia, como si no existiese una ley aprobada sin el rechazo de ningún grupo. Que atribuye razones ideológicas y políticas a la exhumación -¡válgame Dios!-, como si existieran leyes o decretos ajenos a motivaciones ideológicas o políticas, o como si las medidas de higiene democrática perteneciesen a la esfera celestial.

Renzo Fratini no ha creado ningún problema al Gobierno que critica. Personalmente, esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios, puede decir misa. O encabezar una lista de Falange, como el abad benedictino de Cuelgamuros. Pero como embajador ha pecado de deslealtad con el Vaticano. Si la Santa Sede mantiene una «posición neutral» sobre la exhumación, como reconoce monseñor, al papa Francisco solo le queda imponerle penitencia y pedir disculpas a España por la insólita injerencia de su diplomático.

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