La noche irlandesa


No había luna, la oscuridad era completa en aquella noche irlandesa. Íbamos seis en la parte de atrás del todoterreno, todos escritores: griegos, irlandeses y gallegos, como en un chiste. Conducía Sean, un exconvicto de Dublín que llevaba en la cara marcados sus años de delincuencia común y cárcel. Ahora se redimía como hombre para todo del centro Tyrone Guthrie de Annahmakerrig, una mansión para artistas en el norte de Irlanda donde los demás estábamos alojados, invitados por el Gobierno irlandés para terminar nuestros guiones de cine. Sentado en el asiento del copiloto iba Gill Dennis, un veterano guionista norteamericano casado con la hija de Sam Peckinpah, y que había colaborado en el guion de Apocalypse Now de Coppola. «En toda la película no hay más que un par de frases mías», decía para quitarse importancia.

Nos habíamos perdido. Veníamos de un pub al lado de una de aquellas solitarias carreteras irlandesas sin pintar -esto era hace más de veinte años-. «The Long Kesh... Oh, oh» había dicho Sean al ver el nombre del pub. Ese era el apodo por el que los presos conocían a la temible prisión de Maze, en el Ulster, donde se encarcelaba a los terroristas del IRA y de las bandas rivales protestantes. Me pareció un sitio fúnebre. Se jugaba al billar y se escuchaba música country en un inquietante silencio. Sobre la barra había una foto que me resultó conocida: era Bobby Sands, el miembro del IRA que había muerto en la cárcel en una huelga de hambre en 1981. Había muerto en The Long Kesh. Conté a los demás que, en mi instituto, en Lugo, habíamos hecho huelga al día siguiente. Cosas de aquellos tiempos. Eso nos llevó a la cuestión irlandesa, que entonces todavía era un tema candente. Cuando Sean llegó con las cervezas nos advirtió de que todos en el pub nos miraban. «Chicos, hablad de sexo, de lo que queráis, pero no habléis de política. Aquí no».

Así que hablamos de cine. Dennis nos contó, por fin, cuáles eran las frases que había escrito para Apocalypse Now. Una era cuando los protagonistas se dan cuenta de que han ido demasiado lejos por el Mekong y uno de ellos dice «¡Eso es Camboya!». La otra era cuando llegan a la última posición norteamericana en el río, donde los soldados disparan sin saber a quién. Martin Sheen le pregunta a uno por el oficial al mando y el soldado se vuelve aterrorizado y le espeta: «¿Pero no es usted?» Eso era todo, dijo Dennis. A mí me pareció, sin embargo, que eran las dos frases que resumían mejor la película, con toda su claustrofobia y absurdo.

 Seguíamos sin encontrar el camino de vuelta en la noche oscura. Uno de los griegos empezó a cantar una canción de Theodorakis. «Estamos muy cerca de la frontera con Irlanda del Norte», dijo Sean, «tenemos que tener cuidado». Acababa de decir eso cuando una luz intensa nos cegó. De la luz emergieron cinco siluetas gigantescas, como extraterrestres con antenas y armas del futuro. «Esto es Camboya», murmuró Sean entre dientes. Eran soldados británicos. Efectivamente, habíamos entrado en territorio del Ulster sin querer. No pudimos ni verles las caras. «Den la vuelta», nos dijo una voz autoritaria, «pero cuidado, hay minas junto al camino».

Algunos años después, aquella frontera desapareció por completo, dejando solo una raspadura en el suelo, como cuando se arranca una pegatina. La semana pasada escribía yo sobre el brexit en las páginas de Internacional, y sobre cómo esa sombra de la frontera irlandesa lo condiciona todo porque podría volver. Y me acordé de aquella noche en que vi la división de Irlanda alzarse ante mí como una silueta en la luz cegadora, y hablarme con voz profunda de sargento mayor.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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