El loco


Decían en mi barrio que Juan el hijo de Juana estaba loco. Y lo decían porque, al contrario que la gente que se denomina normal, todos los días encontraba tiempo para darle de comer a las palomas de la plaza, ayudar a cualquier vecino que viese necesitado o recoger los papeles que topaba tirados en el suelo de la calle.

Juan, el hijo de Juana, saltaba las olas y gritaba y corría, su ídolo era Forrest Gump, al que veía una y otra vez en aquella película del 94 mientras reía y lloraba. Él podía estar tan loco como bueno. Pero, sin duda, era mucho mejor persona que Jiankui He, un genetista chino que con total irresponsabilidad y saltándose los principios éticos consensuados por la comunidad científica ha creado, presuntamente, dos bebés modificados genéticamente para que fueran resistentes al VIH, la viruela y el cólera. Lo que ha conseguido es modificar el libro total de instrucciones de los embriones, lo que se considera una aberración porque juega directamente a ser Dios. Jiankui no está tratando la cura de enfermedades, sino la mejora de la especie humana. Eso es eugenesia o lo que es lo mismo, fabricar a un individuo con las cualidades que se deseen. Diabólico porque en ese mundo que ha ideado este experto chino no habría sitio para mancos ni para tuertos, feos, paralíticos, bajos o gordos.

En ese mundo, Juan, el hijo de Juana, probablemente no tendría cabida. Por loco, y por estornudar cinco veces seguidas cada vez que le venían las ganas de hacerlo. [¡Qué asco!] Al no estar Juan, el hijo de Juana, la calle no sería la misma ni tampoco los vecinos. Serían otros. Todos ideados por este científico demente que, saltándose los límites de la ética, ha acabado con las reglas de la vida y la muerte.

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