Paralelismos


Ando entreteniendo las horas veraniegas buceando en la vida, la obra y el tiempo de Quevedo, un personaje apasionante y lleno de aristas, que plasma como ninguno el polimorfismo de que es capaz un ser humano: noble, villano, sublime, bronco, patriota, traidor, un misógino capaz de escribir algunos de los mejores poemas de amor de la lengua castellana. 

Si palpitante resulta su figura como pendenciero espadachín y espía al servicio, del duque de Osuna, virrey de Nápoles, apodado el Miedo del mundo; no desmerece en profundidad su figura filosófica, política, satírica y crítica del siglo de oro español, la época más fascinante que hemos vivido los aborígenes de la península Ibérica. 

Ahí está el Festival de Teatro Clásico de Almagro que sigue encandilando al público año tras año a golpes de versos y comedias de Lope, Calderón, Tirso y muchos otros autores de ese tiempo glorioso de nuestra historia, el mismo que retratan series de éxito como Águila Roja o la saga de Alatriste de Pérez Reverte.

Hoy son las mismas fuerzas centrífugas que amenazan la estabilidad de la nación a lomos de Austrias y Borbones adornados con los mismos vicios que cualquier plebeyo. También se compran favores, se tapan mentiras, se silencian delitos y se alcanzan señoríos igual y en la misma forma que conoció Quevedo, solo que este los grafiteaba con su pluma de una forma mucho más desnuda y sin miedo que ahora: «No he de callar, por más que con el dedo señalando ya la boca o ya la frente avises silencio o amenaces miedo...», le espetó al Conde Duque. Hoy no hay plumífero que le diga eso a un Roures o un Berlusconi.

A Quevedo le gustaba andar trasteando por la sala de máquinas de la corte e intrigando políticas por las colonias del reino igual que a los de ahora, solo que comparar a un José Blanco, un Baltar o un Monedero con Quevedo, está fuera de límites.

También convivió, denunció y estoqueó con su pluma a validos interesados como los que ahora pululan por nuestros juzgados, pero con un ingenio y acidez que hoy no tiene réplica, salvo en las diatribas emponzoñadas de Federico Jiménez Losantos al despertar el alba.

Feo, patizambo, bajito, miope y de pelo encrespado, ocultaba su inseguridad en el amor bajo una feroz misoginia que no dejó mujer de ninguna edad, gracia o condición sin denostar, incluida la reina, sobre la que apostó que era capaz de decirle a la cara que era coja y se lo dijo: «entre un clavel y una rosa, su majestad, es coja». Mucho más sutil que regalar Juego de Tronos. Échenle un vistazo a su definición del Amor.

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