Cuestión de dignidad

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Estamos en la legislatura que se recordará por tener el récord de mociones de censura presentadas; por haberse iniciado seis meses después de otra frustrada ante la imposibilidad de llegar a acuerdos para formar gobierno y, tal vez, por otras elecciones anticipadas antes de cumplir tres años. Este caos algo tendrá que ver con las discrepancias cainitas en la izquierda parlamentaria, pero sobre todo es consecuencia de la nula capacidad del partido de gobierno para negociar y llegar a acuerdos durante años anteriores, cuando desaprovechó su mayoría en las Cortes para consolidar una práctica extendida en democracias consolidadas, donde es posible procurar espacios de encuentro que prioricen la altura de miras y el bien general. Ya con anterioridad, la política española se venía demostrando inútil para los pactos de Estado, resultado de malas prácticas, como aquella acusación en el hemiciclo de un Rajoy opositor a un Zapatero presidente, de tener las manos manchadas por la sangre derramada por ETA, que convirtió al terrorismo en arma de uso habitual en la dialéctica política. O la de un adánico Iglesias, que para argumentar su rechazo a un gobierno socialista, hablaba de otras manos manchadas, pero de cal, nuevamente con el terror como bala en la recámara de los despropósitos. Pero si se perdieron las formas, no ocurrió lo mismo con las firmas y las subastas para los apoyos, porque también hemos visto negociaciones con nacionalistas catalanes y vascos, según las necesidades, para puestos en las mesas del Congreso, formación de grupos parlamentarios o presupuestos con sobrecoste. Al tiempo que se envía a los infiernos a quienes propugnan sentarse a dialogar con ellos un diseño incluyente de todas las Españas posibles mediante reforma constitucional. Y nos hemos hecho a ver a un presidente waterproof, resistente a la humedad de las críticas y de las sentencias, capaz de tragar con todo, incluso con el despropósito y los desdecires de decir Diegos donde antes dijera digos.

Lo peor aún puede estar por llegar porque el todo vale, el tú más y «el señor aquel del que usted me habla» siguen predominando en los comportamientos del poder en este ruedo ibérico que recuerda cada día más al Celtiberia show del gran Luis Carandell. Pero aún así, nada justificaría que no se presentase ahora una moción de censura contra el presidente de un país de quien la justicia asegura que no duda en mentir en sede judicial. Solo por eso, la dignidad volverá al hemiciclo en las próximas horas. Lo que resulte será objeto de valoración posterior pero en el aquí y ahora, esta actuación merece respeto y adhesión. A no ser que entre todos se matase a la vergüenza y ahora se quiera hacer ver que ella sola se murió. Y es que, a veces, toca ser los perdedores de una causa invencible (Paco Lores, dixit).

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