Un viejo tango


Vuelve un tema clásico: el rescate de la economía argentina por parte del Fondo Monetario Internacional. Al fondo, el escenario que en los últimos cuarenta años fue tantas veces familiar -una reunión de fantasmas familiares- en el país austral: desequilibrio macroeconómico, alta inflación, derrumbe del peso, tasas de interés desmesuradas. Y junto a todo ello, el retorno del miedo ciudadano a que todo vaya rápidamente a peor, y un profundo malestar social que ya comienza a mostrarse crudamente en las calles. El detonante de esta última crisis está en el exterior, y tiene que ver con la subida de los tipos en Estados Unidos, signo de la progresiva normalización de la política monetaria en aquel país. Nada que no pudiera preverse de antemano: hace tiempo que sabemos que dejar atrás la intensa heterodoxia monetaria de los últimos años en los países desarrollados tendrá efectos secundarios importantes en el conjunto de la economía internacional. Algunos de ellos incidirán -están incidiendo ya- sobre los mercados emergentes, al favorecer una salida de capitales hacia el ahora más rentable, y siempre más seguro, mercado norteamericano. Argentina -un país donde tener el dinero en el extranjero es una vigorosa costumbre nacional- es el primer caso, pero podrían venir más. En todo caso, las causas del rescate están bien instaladas en el interior de la propia economía argentina. Recuérdese que el presidente Mauricio Macri llegó al poder en 2015 sobre todo porque el modelo económico del kirchnerismo ya no daba para mucho más. Alejado el país de los mercados internacionales, con su deuda en práctica situación de impago debido al conflicto con los llamados fondos buitre, un grave déficit público, alta inflación y una notable caída de los precios de sus principales productos de exportación, todo parecía avalar la necesidad de un ajuste de importancia. A eso se dispuso el gobierno de Macri, cuya primera decisión fue retornar rápidamente a los mercados; a partir de lo cual gozó de la visible complicidad de los inversores del exterior hasta hace bien poco.

Lo que ahora se constata es el fracaso de ese programa, pues la mayoría de los problemas heredados no han mejorado apenas en estos años. Y frente a ello las medidas internas de los últimos meses -alzas de los tipos de interés hasta nada menos que el 40 % o a algunos recortes improvisados en el gasto público- no han bastado. Por eso, ahora llega la petición de ayuda al FMI, que sin duda no se sustanciará sin la exigencia de un plan de estabilización. Algo que para los argentinos son palabras mayores, dada la dura y larga experiencia acumulada por el país en este terreno. Lo dicho: todo un clásico, bastante triste, que ahora regresa.

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