El monólogo de Tamara


Cuando pensaba que mi capacidad como espectadora estaba instalada en la sorpresa máxima, cuando creía que ya nada podría zarandearme en el sofá y romperme los esquemas ha salido Tamara Falcó a hipnotizarme por completo. A conseguir que cada una de sus frases se queden grabadas como si fuera la protagonista de La llamada de los Javis. No sé si en algún momento pensaron en ella como inspiración, pero a Tamara hay que tenerle mucha fe como personaje cómico. No encuentro otra explicación para que después del pasado viernes su entrevista con Bertín siga dando titulares en los corrillos de sobremesa. La hija de la Preysler ha conseguido generar una corriente de lovers y haters a los que ha noqueado con frases idiotas, con gestos dignos de un serial venezolano o de un reality más innovador que el de las Kardashian. Por sus modos monjiles, por sus formas de requetepija y por toda esa caricatura que en ella es real es imposible no quedarse petrificada ante quien ha respondido a la cámara que cuando conoció a Mario Vargas Llosa pensó qué pereza tenerse que hacer ahora la inteligente. Tamara nos ha dado un monólogo surrealista de una comicidad soberbia y uno de los momentos televisivos más desconcertantes de los últimos tiempos. El tamarismo se ha destapado como un movimiento de difícil digestión, pero terriblemente hipnótico. Desorientador. Un milagro.

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