Las Campos en Nueva York


Hay que reconocerle a Telecinco la creación de un nuevo género televisivo: el de yo no veo jamás sus programas, pero sé de qué van. Y no es broma. No he visto ni un solo capítulo del culebrón Gustavo y María Lapiedra, pero es imposible no estar al tanto de este show diario. Y con Las Campos en Nueva York me ha pasado igual. Ha sido nombrarlas y alrededor todo han sido comentarios de esta sinrazón catódica. Así que con unos cuantos vídeos me he puesto al día rápidamente, porque no es necesario documentarse muy a fondo para analizar esta realidad paralela que nos ofrece Mediaset. Lo de Las Campos es de delito, es de delito que soportemos el viaje a Manhattan de estas señoras con la excusa del entretenimiento, en lo que es más propio de una españolada de las de los años cincuenta. Verlas paseando con ínfulas de nuevas ricas, gastando una pasta insana en zapatos, hablando en suajili, interiorizar a Terelu en ese capricho de comer jamón a toda costa, de hincharse a hot dogs y de darle al drinking no sé qué extraña reacción visceral puede generarnos. Pero nada bueno, estoy convencida. Pero más convencida estoy de que para conseguir en los espectadores el rechazo no era necesario vestirlas de Audrey Hepburn, de Marilyn Monroe o de Sarah Jessica Parker. Es mejor que Las Campos se coman porras con su cafelito y se vayan al mercadillo a comprar bragas. A estas alturas del ridículo preferimos un reality más real.

Es de delito que soportemos el viaje a Manhattan de estas señoras, en lo que es más propio de una españolada de los cincuenta

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