¡Oh!, era una broma, señoría


El 27 de octubre del 2017 fue un día histórico, emocionante, para multitud de catalanes. Fue el día en que muchos se abrazaron porque habían alcanzado su sueño secular: ser república independiente. En las actas de su Parlamento quedan registradas estas solemnísimas palabras de su presidenta, Carme Forcadell: «Constituimos la República catalana como Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social». Inmediatamente después anunció el comienzo del proceso constituyente, la voluntad de negociar con el Estado español en pie de igualdad y la comunicación a la comunidad internacional para que los demás Estados reconocieran la nueva república. Algún consejero del Gobierno catalán dijo que al día siguiente acudiría a trabajar, pero ya como ministro de la república y muchos ciudadanos celebraron grandemente la deseada llegada de la libertad. «Adeu, Espanya», podría haber escrito de nuevo el poeta Maragall.

Dos semanas después, resulta que todo aquello fue una broma. Las empresas huyeron de Cataluña, las inversiones se redujeron, el comercio se hundió, se anularon reservas hoteleras, apareció el fantasma de la recesión, la desconfianza se instaló en las relaciones económicas, varios miembros del gobierno regional tuvieron que ingresar en la cárcel, la sociedad sufrió una quiebra, los compañeros de Forcadell hablaron de España como un país dictatorial y Cataluña aportó a la convivencia la imagen de un jefe de Gobierno en el exilio. Fue la broma más cara de la historia.

Bueno, para no faltar a la verdad, fue, según Forcadell, una declaración unilateral simbólica, sin ningún valor ejecutivo, a las dos semanas de decir que el proceso constituyente que se iniciaba era «vinculante». Si ella lo declaró ante un magistrado del Tribunal Supremo, tiene tanto valor como el texto de la resolución votada y aprobada en el Parlamento catalán. No quiero ser cruel en modo alguno con Carme Forcadell. No la llamaré cobarde, porque en su vida ha dado muestras de valentía. Tampoco le llamaré insolvente, porque para muchos catalanes representa el heroísmo y la verdad revelada.

Solo diré que, si todo fue simbólico, pudo haberlo dicho antes. Pudo habernos engañado antes. Pudo hacer incluso que lo dijera Puigdemont cuando tanto se lo preguntaba Rajoy y él escapaba por los cerros de Montserrat. Y solo añadiré que la cárcel impone mucho más respeto que todo el resto del aparato del Estado. La misma mujer que arengaba a las masas en torno al Tribunal Superior de Cataluña se raja literalmente cuando se encuentra cara a cara con el juez. Si quedase algo de sentido común en Cataluña, con la declaración de Forcadell se habría terminado el procès. Y ella pasaría a la historia como su triste enterradora.

DESDE LA CORTE

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