Se diría, a la vista de los datos del INE, que Galicia es un destino atractivo para los inmigrantes. El año pasado han llegado más de ocho mil personas procedentes de otros países para buscar trabajo aquí. Casi el doble que gallegos que han marchado a buscarse la vida fuera. Un dato esperanzador que coincide con un cambio de tendencia en la depauperada pirámide demográfica española, pero que no es suficiente para poner remedio al gran problema de Galicia. Seguimos envejeciendo y perdiendo población.

Seguramente la llegada de más extranjeros tiene que ver con el cambio de ciclo económico. También en Galicia se ha roto con la dinámica que se arrastraba desde el año 2008, después del mayor flujo de entrada en muchos siglos. La población extranjera -deja de serlo en la segunda generación, y en muchos casos en la primera- no se limita a ayudar a equilibrar la caja de las pensiones. También enriquece sociedades a veces demasiado enclaustradas, y sobre todo contribuye al dinamismo que supone la reactivación demográfica gracias a la llegada de población joven con tasas de natalidad superiores a las del país que los acoge.

La grave crisis demográfica de Galicia es muy anterior al comienzo de la última crisis económica. Como en el resto de Europa, es el resultado de un proceso cultural y sociológico al que, no obstante, aquí se le suman factores propios, como los grandes éxodos repetidos en diferentes momentos históricos, la ausencia de sólidos instrumentos económicos para fijar población o la propia situación geográfica. El repunte de la llegada de personas de otros países es una buena noticia. Pero persiste el riesgo de que Galicia llegue a convertirse una entidad inviable.

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