Assange y el secreto

La prosaica verdad es que los secretos de Estado no son diferentes a los secretos de alcoba: si hay más de una persona implicada, en algún momento se sabrán


En una ocasión, un espía me reveló un secreto que me pareció muy interesante: me contó que no existían los secretos. «Simplemente, hay algunas cosas que algunas personas saben antes que otras, nada más». Tenía razón. Con el tiempo, todo se sabe. Salvo lo que se olvida, porque el olvido es la única forma de secreto verdaderamente eficaz. Está muy generalizada la sospecha de que se nos ocultan muchas cosas, de que en los archivadores de los gobiernos o en las bibliotecas del Vaticano duermen secretos que, si se desvelasen, cambiarían radicalmente nuestra visión del mundo, o el mundo mismo. Pero esta no deja de ser una de tantas teorías de la conspiración. La prosaica verdad es que los secretos de Estado no son diferentes a los secretos de alcoba: si hay más de una persona implicada -y tanto en un caso como en el otro suele haber como mínimo dos-, en algún momento el secreto saldrá volando como un pájaro asustado.

Esa idea exagerada acerca del valor del secreto Julian Assange la llevó al extremo de convertirla en una especie de evangelio. Educado por una madre jipi, Assange se imaginó el secreto en la misma forma en que la generación del Flower Power se había imaginado la propiedad: el mal del que había que liberarse. En su fantasía, un mundo sin secretos sería un mundo sin mentiras y sin desigualdades, porque Assange creía haber descubierto el mayor secreto de todos: que el secreto es la energía que mueve al poder. Era una utopía que, como todas, se basaba en ignorar la realidad cotidiana. A Assange le hubiese bastado mirar a su alrededor para entender lo que cualquiera sabe de manera instintiva: que nuestra relación con el secreto es compleja, que el secreto no es casi nunca lo mismo que la mentira, que el secreto no es más que uno de los estadios por los que pasa la información; en definitiva, que los secretos no tienen poder por sí mismos.

Todas estas cosas las ha ido demostrando, sin pretenderlo, la peripecia de WikiLeaks, la organización que puso en pie Assange para realizar su sueño. Cuando lanzó su gigantesca filtración de los cables diplomáticos norteamericanos, la avalancha de datos acabó desanimando a los que en principio se lanzaron entusiasmados a estudiarlos. En cierto modo, han quedado más ocultos ahora que antes, protegidos por el hartazgo, que es un muro más alto que la seguridad informática. Por otra parte, el secreto se parece mucho a la moneda: si se divulgan demasiados, cada uno de ellos pierde valor. Lo que iba a ser una revelación se convirtió en una devaluación. Pero incluso lo que ha quedado después de esto era poco. Casi todo lo que se contaba en aquellos cables era ya conocido o fácil de suponer. Un secreto no es siempre una sorpresa. Tenía razón aquel espía: el secreto está sobrevalorado y casi todos los secretos son secretos a medias.

Son más peligrosas las verdades a medias. Assange, por lo que parece, se ha quedado atrapado en una. Escapando de una dudosa acusación de violación en Suecia, ha acabado asilado en la embajada ecuatoriana en Londres, que es como vivir en un limbo. Como un personaje de la mitología griega, los dioses le han impuesto un castigo equivalente a su transgresión: encerrado permanentemente en un pequeño cuarto sin ventanas -en realidad, es el lavabo de señoras reformado-, vigilado día y noche por la policía, con su conexión de Internet pinchada y compartiendo un espacio reducido con el personal diplomático, Assange ha quedado, él sí, desprovisto completamente de intimidad, que es, precisamente, una variante necesaria del secreto.

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