El esplendor de los cormoranes

José Varela FAÍSCAS

OPINIÓN

24 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

De William Wordsworth tal vez lo más expandido popularmente sea su Oda a la inmortalidad, y, de ella, su verso que nos habla del esplendor en la hierba como epítome de la dicha perdida y del balsámico ungüento de la memoria como lenitivo del vacío. Es probable que sea menos conocido otro poema suyo, Escrito en una hoja en blanco, de El perfecto pescador de caña. Un soneto que despertó el interés de Miguel de Unamuno por el libro al que hace referencia Wordsworth hasta el punto de animarlo a publicar, en 1904, Después de leer a Walton, trabajo que contribuyó a difundir en España el libro del autor inglés del siglo XVII Isaac Walton, hoy un dulce texto imprescindible para los amantes de la pesca fluvial y el goce de la naturaleza. El ensayo unamuniano figura como pórtico a la edición en español que Pulide publicó en 1955 y reeditó más tarde del famoso manual piscatorio. 

Walton hace un emocionado y radical canto a la vida en el campo, a la observación de la flora y la fauna, al placer del demorado paso de las horas al aire libre, al epicureísmo gratuito y regalado, al tiempo que desvela algunos de los secretos y misterios de la pesca de las truchas. Se vale para ello de varios actores -Piscator, Venator, Auceps...- que contraponen su diferente percepción de la naturaleza y el uso que de ella hace el hombre, y las justificaciones morales de las que se arma para ello. Es obvio que la de Piscator es la más plácida y reflexiva, la más sabia, la más profunda, acaso la menos utilitarista: la del propio autor. Un discurso, el del pescador, que constituye el núcleo del pensamiento de Walton y que, maltrecho y zarandeado, va perdurando menguante en el ánimo de los aficionados. Pero las ansias de Venator y Auceps no duermen, y el pulso con Piscator no desfallece. A lo mejor está más vigoroso que nunca.

Estos días anda la cofradía pescantina desasosegada por el guante lanzado por unos clubes de cañistas asturianos que intentan «recuperar el esplendor de antaño de nuestra afición», beatífico e inocente propósito que requiere llevarse por delante las poblaciones de cormoranes que paulatinamente van colonizando ríos y pantanos. El espíritu de Venator, que resurge.

No reclaman un estudio de las poblaciones de aves, una investigación rigurosa respecto de sus efectos predadores sobre la ictiofauna, un análisis de medidas que, llegado el caso, sería conveniente... un escrutinio, en fin, de las egagrópilas de los pájaros, la mesura e interpretación de los otolitos hallados en los restos, hasta del rastro de las escamas, qué sé yo. Nada de eso, mejor un toque a rebato porque, que Dios le conserve la vista a Sartre, el infierno son los otros, aunque los otros sean, vaya hombre, unos emplumados voladores de los que el 90 % de los protoverdugos lo ignora todo. Quien sabe si, además del esplendor en la hierba, lo que hayamos de añorar sea el esplendor de un espíritu de la pesca fluvial irremediablemente perdido.