Juicio a una época


Más allá del asunto concreto que ahora se juzgaba, el de las tarjetas black, la sentencia que ha recaído sobre Rodrigo Rato tiene algo de juicio simbólico de toda una época. Porque a poco que evoquemos la evolución de la figura de Rato en los últimos veinte años, concluiremos que este no es un fallo condenatorio más en una larga historia universal de la infamia financiera. Superministro de Economía, director gerente del Fondo Monetario Internacional y presidente de una entidad financiera sistémica, Rodrigo Rato ha sido una de las personas con más poder real en nuestra historia reciente.

Desde la cima del Gobierno, puso en marcha en 1996 una política económica que dio sin duda algunos resultados muy positivos, pero también varios gravísimos errores, como la suicida liberalización del suelo. Más tarde, ya como máximo responsable del FMI, encarnó como nadie la visión tradicional de este organismo, tan volcado hacia la desregulación financiera; la agencia de evaluación interna del propio organismo ha señalado reiteradamente esa línea de actuación como una de las causas principales de la actual crisis. Por último, de vuelta a España, ya como presidente de Bankia, Rato fue protagonista de primer orden de su ruina, que en el 2012 estuvo a punto de provocar males mayores para el país (y que en todo caso estuvo en el origen del plan de rescate financiero, con cuyas secuelas, como la deuda pública disparada hasta el 99 % del PIB, aún estamos lidiando). Una combinación de errores -y horrores- que vista desde la perspectiva de hoy componen una figura política ciertamente nefasta.

Pero lo importante para nuestra sociedad no es el ajuste de cuentas con determinadas personas, sino con lo que representaron. En ese sentido, es pertinente recordar unas palabras pronunciadas hace un par de años por el siempre interesante gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, para quien los escándalos financieros «no fueron consecuencia de unas cuantas manzanas podridas, sino de los toneles que las almacenaban». Lejos de tratarse de un problema de comportamientos perversos individuales, era toda una cultura del enriquecimiento rápido la que llevaba a alejarse a los bancos cada vez más de sus clásicas funciones de intermediar entre ahorro e inversión y favorecer la provisión de liquidez.

¿Todo ello se puede dar por superado? ¿Hemos dejado atrás las acciones anómalas y fraudulentas en las finanzas, de las que las black son buena muestra? En parte sí, desde luego, pero solo en parte. Estos mismos días hemos conocido un informe de la CNMV en el que este organismo supervisor detecta que los bancos españoles siguen usando malas prácticas en la comercialización de sus productos. Es en ese contexto que se pondrá al fin en marcha la comisión de investigación del Congreso. Bienvenida sea, pero solo dará resultados si es tan profunda y radical como para evitar que aquellos errores -y horrores- se reproduzcan en el futuro.

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