Comercio y demagogia


Catedrático de Economía Aplicada, Universidade de Vigo

Es probable que haya sido el uso masivo de la consigna «América primero» lo que en mayor medida inclinó la balanza electoral del lado de Donald Trump. El dato real de los miles de empleos perdidos debido al proceso de deslocalización hacia otros países fue oportunamente explotado sobre el caldo de cultivo perfecto de la crispación provocada por la rampante desigualdad y el injusto reparto de los costes de la crisis (magníficamente captada, por cierto, en Comanchería, película tan excelente como de penoso título en español). El caso es que, de cumplirse sus promesas electorales, la nueva presidencia traerá consigo una fuerte tendencia proteccionista, lo que ahora mismo introduce un máximo grado de tensión en las relaciones internaciones. Como muestra véase el título del último artículo publicado por el famoso gurú Nouriel Roubini: «Ámérica primero y conflicto mundial después». ¿Será para tanto?

Es difícil precisarlo: ya se sabe que una cosa son las promesas electorales y otra la toma de decisiones bajo la presión de lo real. Sin embargo, el juego de declaraciones de las últimas semanas resulta poco tranquilizador. Con gran protagonismo del propio Trump y de algún otro importante actor en ese juego, como el gobierno británico, por primera vez en muchos años las amenazas explícitas se han colocado en el centro de los grandes foros internacionales. Ya es el colmo que haya tenido que ser el presidente chino quien se ha erigido en defensor de las economías abiertas. La incertidumbre sobre el futuro de la economía internacional es, por tanto, muy alta, lo que en sí mismo constituye una pésima noticia.

En todo caso, de confirmarse el giro proteccionista radical estaríamos ante una novedad histórica, algo desconocido en más de ochenta años. Conviene no olvidar que en sus posiciones sobre el comercio las administraciones norteamericanas siempre se han aplicado a un cierto doble juego: proclamas retóricas a favor del libre comercio junto a imposición de medidas proteccionistas cuando ello interesaba. Pero lo de ahora parece otra cosa: dar cobijo «sin complejos» a la industria nacional y, si hace falta, un abierto aislacionismo.

No seré yo quien lamente la muerte de un tratado comercial como el TTPI, al menos tal y como se estaba pergeñando, pero lo peor que le puede pasar ahora mismo a la economía internacional es que sobrevenga una guerra comercial abierta. Porque con ello se completaría la comparación con lo ocurrido en la Gran Depresión de los años treinta. Recordemos brevemente que en 1930 el congreso norteamericano aprobó un arancel -llamado Smoot-Hawley- que incrementó de un modo importante y unilateral los tarifas sobre las importaciones. Dado que otros países no tardaron en pagar con la misma moneda, en poco tiempo estaba trabada una espiral proteccionista general que fue, al cabo, letal para todos (y quizá, más que para ningún otro, para el propio país que se pretendía «primero»).

Por Xosé Carlos Arias nueva era en EE. UU.

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