Los niños primero

Manuel Blanco Desar
Manuel Blanco Desar EL SÍNDROME G

OPINIÓN

Casi un tercio de los niños españoles son pobres de solemnidad. Lo dice Save the Children en su último informe. Algo no funciona cuando solo tenemos por delante a Rumanía en esta patética competición europea. ¿Por qué? Si hiciésemos caso a las teorías del malvado vicario Malthus -difícil encontrar en la historia un clérigo más enemigo de la bondad y que lo haya puesto por escrito, esto sería fundamentalmente debido a que los pobres son más prolíficos que los ricos. Y lo serían por viciosos o por su mala cabeza, a diferencia de los templados burgueses, que saben controlar sus instintos más primarios.

Sin embargo, a pesar de su cinismo y malévola intención, el vicario constató una evidencia empírica que prosigue hasta hoy: los pobres suelen tener más prole que la que aconsejaría cualquier asesor financiero. Los chiquillos son caros y conllevan costes de oportunidad aún más costosos, para no ofrecer rentabilidad a corto, medio ni largo plazo. Como bienes de lujo que son solo debieran estar al alcance de los más afortunados miembros de la sociedad pero, ay, estos únicamente los quieren en pequeñas dosis, aunque podrían costear bastantes más unidades. El que tiene uno, o no quiere repetir la experiencia o solo desea otro más.

El pérfido Malthus no podía prever la revolución de los métodos anticonceptivos ni de las costumbres que arrancó en Norteamérica con Elvis y la píldora. Hoy la pobreza infantil se cronifica en especial entre los hogares monoparentales de la precaria clase trabajadora, donde las madres son singularmente damnificadas. Aunque suene a antiguo, el divorcio está bien para gente como Julio Iglesias, pero es una bomba para la crianza de un niño cuyos progenitores trabajan de chóferes, de reponedores o de carteros. Personalmente soy testigo de como los hombres eluden sus responsabilidades cuando un niño nace con una diversidad, o contrae una enfermedad con secuelas, o sufre un accidente incapacitante.

Ya que no podemos encadenar a las parejas por el bien de sus hijos, hagamos lo necesario para salvar a la parte más débil e inocente. Hagámoslo a través de sus madres, auténticas heroínas que contribuyen a la sociedad más que los altos contribuyentes a la Agencia Tributaria.

No hagamos como el infame vicario, actuando como él decía, aunque sea ladinamente, es decir, no hacer nada mientras pensamos que la pobre tonta se lo ha buscado. ¿Cómo es que tuvo dos hijos si solo tenía contratos temporales por horas en una empresa de limpiezas? Y, ¿cómo es que los tuvo con ese gañán que se pasa el día viendo el fútbol en el bar con sus gintonics, en vez de leer con los niños y animarles a estudiar? No seamos malthusianos en la canallesca indiferencia ante la pobreza, y especialmente ante la pobreza infantil. No lo seamos incluso por puro egoísmo, porque desde que construimos un Estado de Bienestar todos vamos en el mismo barco, y es en interés de todos que esos niños crezcan como ciudadanos adultos de provecho.