De nuestra senescencia


En el 2005, la media de edad de los gallegos era de 43,7 años. En el 2015 fue de 46,2, todo un récord mundial. Solo Mónaco, Alemania y Japón nos superan. Da que pensar. De entrada, es la prueba irrefutable de que somos mucho más afortunados de lo que pensamos, y que el PIB per cápita engaña en cuanto a calidad de vida. No digamos que en Galicia se vive de cine, pero se vive más que en la mayoría de los países. No somos tan pobres ni tan desgraciados como algunos se empeñan en decir, pero salvo la risible hipótesis de la calidad genética, pocas teorías pueden explicar esta realidad, aparte de la escasez de niños.

Sea como fuere, con independencia de las causas, debiéramos ir pensando en cómo garantizarnos la mejor vida posible en la senectud e incluso en la senilidad. Porque Galicia dejó de ser joven hace décadas. Galicia es añosa, climatérica y pronto será menopáusica. Siento el diagnóstico, pero la vida es así.

Señales de ese climaterio colectivo es el creciente número de ancianos que mueren solos y de enfermos solitarios en nuestros hospitales. Personas que únicamente despiertan el interés de los solidarios vecinos cuando el hedor en el rellano de las escaleras resulta insoportable. Otros languidecen sin nadie que les visite por falta de familia. Y es que entre nosotros abundan los amantes de la humanidad que abominan de los humanos convecinos, y los que ignoran el significado de amigo, confundido con el de conocido, compañero de escapadas, coleguilla, socio, conmilitón, y otros adjetivos, incluido el de follower.

Mientras no logremos revertir el proceso de aguda senescencia que padecemos -tarea titánica y sin precedentes-, debemos prepararnos para sobrellevar este reverso de nuestro éxito social como pueblo. Resulta obvio que con dinero todo se soporta mejor, pero como no somos Mónaco, ni Alemania, ni Japón, tenemos que ir diseñando terceras vías en la asistencia social y comunitaria a nuestros ancianos. Ancianos que serán de un nuevo perfil, sin familia, ni extensa ni corta, aislados en cuasi populosas ciudades y villas, además de en aldeas.

Y como el dinero no llegará, porque no se podrá elevar indefinidamente la carga fiscal sobre los jóvenes, ni vamos a superar en productividad a Japón y Alemania en un futuro próximo, ni la solidaridad interterritorial va a ser eterna -pregunten a los nacionalistas catalanes y vascos-, algo tendremos que idear. Para empezar, no estaría mal ir reflexionando sobre las ayudas mutuas y la simbiosis entre ancianos y jóvenes, en cuanto al acceso a la vivienda y al intercambio de experiencia por vigor.

«Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano», dice el Levítico. Pero ¿a quién le importa en una sociedad que oculta las canas y disimula las arrugas? Sin embargo, Galicia es canosa y está arrugada, aunque no quiera verse en el espejo. Pero como a nuestra madre, también la amamos así, sin ser lozana ni escultural. Honrarla es nuestro deber como hijos suyos.

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