La actualidad es como este agosto que, en el fondo, es todos los agostos: incendiaria. Uno se tumba a la siesta con un libro de Gustavo Bueno, que era sabio e indomesticado, y aparece Albert Rivera a la hora del té en medio de tu modorra. Dice seis condiciones y «en la negociación cabe todo». Quiere esto significar que si el PP traga, todo está apañado. Y con ello, la soga en el cuello del PSOE apretará más tensa aún. Por mucho que diga el CIS (sube medio punto en intención de voto), yo lo veo más difunto que el bueno de Bueno. Y todo porque Rivera, con treinta y dos diputados, le ha robado el protagonismo. Rivera juega a estadista, Abraham Lincoln sin barba, y a Sánchez el Estado se le hace más grande que Gulliver a Liliput. Y no lo hace mal en el gesto. Lo que pasa es que lo de ser bisagra tiene sus riesgos: a poco que te muevas, chirrías. Y eso le sucede a Rivera. Lo de ayer ha sido una fanfarronada. Una más de este catalán que quiere mucho para sí y poco para el resto. Por no querer no querían los de su partido ni el AVE gallego. Y ahora viene con seis requisitos, unos muy razonables, y otros propios de la puerilidad en que ha devenido la política. Alguna de sus condiciones requeriría reformar la Constitución y otra, como la proporcionalidad del voto, condenaría a Galicia al desfallecimiento. Yo, como gallego, no trago. Espero que el PP tampoco. Porque las ocurrencias a la hora del té es mejor dejarlas para luego. Cuando a Abraham Lincoln le salga barba, tal vez.