Europa no puede esperar


El referendo sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea ha arrojado el resultado que queríamos evitar. Como tantos, ese jueves 23 de junio que ya ha quedado para la historia me acosté con un bremain y me levanté como un brexit. Todo un jarro de agua fría, helada. Lo lamento profundamente. Por el conjunto de la Unión, pero principalmente por los ciudadanos británicos: las primeras consecuencias del brexit ya han podido verse estos días en la caída de la libra, en los anuncios de deslocalizaciones y en las mentiras que los promotores de la salida les contaron a sus conciudadanos para lograr romper el vínculo europeo.

Se hace muy duro comprobar cómo un acontecimiento de esta magnitud y de estas consecuencias se ha desencadenado por la irresponsabilidad del dimitido primer ministro británico, por razones exclusivamente de interés personal y partidista para afianzar su liderazgo en el seno de su partido. David Cameron será en breve un mal recuerdo del pasado, no así las consecuencias de su irresponsabilidad. Ahora bien, lo que no puede permitirse en ningún caso es dilatar innecesariamente la puesta en marcha de los mecanismos establecidos en el Tratado de Lisboa para dar cumplimiento a la decisión soberana del pueblo británico ante la necesidad del Partido Conservador británico de renovar su liderazgo: el interés partidista no puede volver a anteponerse a los intereses del conjunto de las otras 27 naciones que forman parte de la Unión Europea. Para evitar incertidumbres y no dar pábulo a los movimientos eurófobos, la UE y el Reino Unido deben redefinir cuanto antes su nueva relación. Desde luego, mientras dure el proceso de negociaciones, el Reino Unido seguirá siendo miembro a todos los efectos de la UE, con los derechos y obligaciones que comporta. Y, desde luego, el resultado del referendo, si bien excluye al Reino Unido de la casa común europea, nunca romperá los vínculos históricos, culturales y afectivos entre los pueblos de uno y otro lado del canal, máxime cuando la mitad de la población ha dicho sí a Europa y una abrumadora mayoría de jóvenes, el futuro de Gran Bretaña, ha mostrado su inequívoca vocación europeísta.

¿Sorprende el resultado de la votación? Lamentablemente, hay que reconocer que cada vez que en los últimos años se ha preguntado en referendo a los ciudadanos sobre cuestiones europeas, la respuesta no ha sido positiva: todos guardamos en la memoria la consulta celebrada en Holanda sobre el acuerdo entre la UE y Ucrania, así como el no cosechado en Grecia el año pasado o, anteriormente, el rechazo irlandés al Tratado de Lisboa, el danés a una mayor integración o el francés y holandés a la Constitución Europea. El euroescepticismo, por desgracia, es un sentimiento creciente en toda Europa y las consultas no han sido sino un canal habitual de expresión del mismo.

Es evidente la responsabilidad de Cameron en el brexit: a fin de cuentas, no existía una demanda social para que se planteara tal consulta. Y, desde luego, tampoco fueron de ayuda a la causa de la permanencia la ambigüedad y falta de convicción demostradas por el líder laborista. Pero, como ha dicho el líder de los socialistas en el Parlamento Europeo, el no británico no es únicamente el resultado de la decisión de Cameron de jugarse el futuro de su país a la ruleta rusa: los líderes de la propia Unión Europea tienen también parte de responsabilidad. Por un lado, a lo largo de los años todos ellos han trasladado la culpa de todos los problemas a Europa, sin defender el valor que aporta a nuestras vidas y los valores que le han dado vida. Por otro, y más importante, no han sabido dar respuestas adecuadas a los desafíos planteados por el proceso de globalización, trasladando demasiadas veces la impresión de que se prestaba mucha atención a las finanzas y muy poca a la desesperación de la gente. A riesgo de pecar de inmodestia, un servidor sintetizaba en la pasada campaña electoral europea este desencanto en una frase: o Europa devolvía la esperanza a la gente, o la gente perdería definitivamente la esperanza en Europa.

Pero si toda crisis supone una oportunidad, en una hora difícil como esta Europa tiene la oportunidad de dar respuesta a las demandas ciudadanas lanzando un nuevo proyecto político. Un nuevo proyecto que empiece por colocar la agenda social en su corazón, que impulse la inversión productiva para favorecer el crecimiento y el empleo y dejar atrás de una vez estos largos años de crisis, que erradique los paraísos fiscales, la elusión fiscal y la competencia desleal entre sus miembros. Todo ello acompañado de un nuevo marco institucional de inequívoca raigambre democrática, capaz de ganar legitimidad para el proyecto europeo entre una ciudadanía que así lo reclama.

Europa necesita reinventarse para construir esa mejor Europa. Es una tarea urgente. Europa no puede esperar.

Por José Blanco López Eurodiputado socialista

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