La isla esterlina


Para entender la creciente marea social que en el Reino Unido es partidaria de la salida de la Unión Europea creo que es un factor de primer orden el balance positivo que pueden hacer en aquella isla de no haber entrado en la eurozona. Un balance positivo que se ha visualizado con más claridad a partir de la irrupción de la crisis que, con epicentro en los sistemas financieros, tuvo allí singular impacto.

A pesar de ello, el contar con una moneda de Estado (la libra) y no estar dentro de una moneda que lo es solo de los mercados (el euro) les ha permitido controlar el aumento de la deuda pública mucho mejor que, por ejemplo, en España. Si en España la deuda pública hubiese crecido con la misma intensidad desde el 2008 que en el Reino Unido ahora tendríamos, en vez de un cien por cien del PIB en deuda pública, un nivel del ochenta por ciento. Y frente a una tasa de paro del 22 % en España (o del 10 % en la UE) allí se mantienen en una del 5 %. Mientras España ha perdido diez puntos de convergencia con la media europea en estos años de crisis, el Reino Unido apenas ha empeorado su nivel relativo.

Si así les han ido las cosas es porque han contado con la posibilidad de devaluar su moneda y porque el Banco de Inglaterra ha seguido financiando directamente nuevo gasto público, nueva deuda para inversiones. Mientras tanto aquellos países que, como España, ya no cuentan con moneda nacional se han visto sometidos a un euro fuerte y a las presiones de una prima de riesgo que nos llevan a rastras del bono alemán.

En definitiva, desde el Reino Unido el balance económico de no haber entrado en el euro aparece como positivo, mientras en la periferia europea descubrir que el euro no es la moneda de una cabal unión política está siendo muy negativo. Una ratonera o una camisa de fuerza.

Este poderoso argumento se traslada con facilidad al resto de riesgos sociales asociados a una globalización que se dibuja como una gigantesca amenaza social. Ante la ausencia de un cabal Gobierno europeo (Parlamento y Comisión), por el que -dicho sea de paso- el euroescepticismo inglés nunca ha apostado, la UE no es capaz de poner orden en un liberalismo salvaje que hace competir a mercancías y trabajadores entre sí (ahí están los campamentos de Calais), sin respeto alguno por derechos sociales o ambientales. Menos aún de hacerlo con la jungla neoliberal de paraísos fiscales e inversiones especulativas. Y, así las cosas, cuando no se quiere una UE más fuerte y federal, lo único que procede es intentar atrincherarse -como con la libra- en las fronteras nacionales.

No deja de ser paradigmático que en la cuna del neoliberalismo conservador (thatcherismo) y de la abducción neoliberal de la socialdemocracia (Blair y Schröder en las elecciones europeas de 1999 con su tercera vía) crecientes sectores de una población aterrorizada por las amenazas del capitalismo salvaje, al que todos ellos abrieron camino, busquen en la moneda y las fronteras propias refugio frente al tsunami globalizador.

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