Don Mariano Rajoy se fue de vacaciones, leyó un par de novelas en Doñana, cogió aire, volvió de vacaciones, llamó a Carmen Martínez de Castro y le dijo algo así como «¡quiero hablar!». Y habló ayer con Alsina en Onda Cero, hablará con Évole el domingo, y el día 6 lo tendremos en el Congreso para explicar el pacto de los refugiados. Ayer, con Alsina, estuvo bien. Por lo menos, mejor que la otra vez: más despierto, más relajado, más descansado. Incluso muy tranquilo. Escuchándole, nadie diría que la España que gobierna en funciones está metida en un barullo político sensacional. Nadie diría que en dos de las comunidades históricas crece la demanda del «derecho a decidir» con inquietante rapidez. Nadie diría que la izquierda está tejiendo una estrategia para echarle del poder; que hoy mismo puede comenzar a echarlo del poder.
El hombre tranquilo, en efecto. De Aznar decían los malvados que «meaba cubitos de hielo», de la frialdad que había en sus actitudes. De Rajoy nadie puede decir tal cosa, porque desprende cordialidad. Pero algo le debe haber contagiado la Moncloa, porque no le perturba ni que Núñez Feijoo, el deseado, pueda decidir este sábado dejar la política: solo desea que el presidente gallego acierte en su decisión. Media profesión periodística de Madrid me llamó para pedirme una interpretación gallega, y tuve que responder que llamen a Pontevedra, que yo soy de Lugo.
Impresiona también la parsimonia con que observa la formación de una nueva mayoría: si el PSOE y Podemos negocian un acuerdo, ni él ni el PP «tienen nada que hacer ahí». Y en esa frase se agota todo su análisis de un posible Gobierno con tintes de ruptura. Ni una palabra de crítica ni un asomo de rechazo. Yo no sé si elogiarle por ser la única persona de España que muestra sosiego o censurarle por ser la única persona sosegada ante el patio que tiene delante. Pero admítanme que tanta parsimonia resulta enigmática. Debe de ser su forma de poner nervioso al adversario: si las izquierdas pactan o hacen un tripartito con Ciudadanos, durarán poco. Si se estrellan en sus conversaciones, ahí está el, dispuesto a la gran coalición. Ahora o después de ganar en junio.
Lo que queda claro es que Rajoy quiere recuperar la iniciativa perdida. Ha levantado la mano para pedir turno de mensaje. Quiere arrinconar esa imagen de desidia que le acompañó durante los últimos cien días de Gobierno en funciones. Démosle la bienvenida cuando el calendario los empieza a ahogar a todos, porque el desenlace se puede producir en horas o llegar con todos asfixiados a la frontera del 27 de abril, último día para las consultas reales. Y déjenos él expresar una sola duda: la duda de si llega a tiempo. Pronto se sabrá.