«Spotlight»

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

El penúltimo muro es la frontera entre lo viejo y lo nuevo. Una línea en la que, según algunos popes de la modernidad, habría que aplicar el escalpelo para extirpar la parte antigua. Como si así se eliminara del mapa una especie de pecado original. Es curioso que en los últimos Oscar, que por momentos parecieron una asamblea de indignados, se otorgara el premio a la mejor película a Spotlight. El filme dirigido por Thomas McCarthy se aleja de cualquier innovación técnica o narrativa. No deslumbra con fuegos artificiales, se mueve bajo esa luz tenue del clasicismo. La obra está basada en una historia real, la de la elaboración de un reportaje publicado en el Boston Globe. Viejo periodismo de hace solo unos años, del 2002. Pero la vida entonces no transcurría en Facebook ni se juzgaba en Twitter. La película, como confesó el propio McCarthy, es un homenaje al estómago rumiante de las redacciones de los periódicos de papel, a los que cuentan cosas que cambian grandes y pequeños mundos. Es una celebración de ese trabajo artesanal que es comprobar listas, hacer llamadas y recibir portazos. Así de simple y complicado. No hay persecuciones por las calles de Boston. No hay peleas en la oscuridad. Ni siquiera una carrera para cumplir con la hora de cierre. En la pantalla no se ofrecen infladas heroicidades, se muestra una tarea que cuesta tiempo y dinero. La épica es discreta. Ni siquiera cuenta con un gran protagonista. Todos son secundarios.

Muchos periodistas, por muchos años que pasen, seguirán cayendo en un estado hipnótico cada vez que arranque una rotativa. Con la mirada del niño que mira a través del cristal del horno para asistir al milagro de la masa que se convierte en bizcocho. Pensando en ese viejo oficio necesario para relatar lo nuevo.