Entre las claves de la supervivencia de nuestra civilización hay dos normas básicas: no se puede ser plasta en ninguna circunstancia y lo importante es no perder nunca los modales. Pase lo que pase. Estas reglas las aprendíamos de niños en casa y en la escuela, a veces con el estímulo de alguna colleja o zapatilla voladora, y no las olvidábamos jamás.
Ahora ya no se estilan, gracias a Dios, las collejas ni el lanzamiento libre de zapatilla, pero por otras vías los padres nos esforzamos en inculcar a nuestros pequeños esas leyes para andar por el mundo con cierta elegancia y sin molestar demasiado al prójimo. El problema es que, por mucho que uno aleccione a sus retoños, el trabajo se viene abajo de un soplido cuando las teles repiten en bucle ese gesto de Rajoy abrochándose la chaqueta como si no viese la mano tendida de Pedro Sánchez para el saludo ritual ante los fotógrafos.
Que Rajoy y Sánchez sean incapaces de mostrar en público los más elementales signos externos de que todavía pertenecen a nuestra añeja y vapuleada civilización occidental no presagia nada bueno para esta legislatura. Porque si uno no guarda las formas, difícilmente va a guardar y hacer guardar todo ese que dice el juramento oficial que debe guardar y hacer guardar el presidente del Gobierno.
Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, unos agentes de la Brigada Social llamaron al timbre del apartamento de Jaime Gil de Biedma en Barcelona para arrestarlo. Abrió la puerta el mayordomo e invitó a los policías a pasar: «Tengan la bondad de esperar en la sala de visitas, el señorito Jaime se está bañando, pero los atenderá enseguida». Porque lo importante, aunque te vengan a detener y te interrumpan el baño, es no perder los modales. Perder los modales es el principio del fin.