Valencia Vice

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

27 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

En los horteras ochenta toda la chavalada alucinaba con Miami Vice, la serie de Don Johnson y Philip Michael Thomas que en España se tradujo muy premonitoriamente como Corrupción en Miami. Con sus hombreras y sus trajes de Armani, Sonny Crockett y Ricardo Tubbs eran unos polis nada convencionales que iban por ahí en un Ferrari Testarossa para colarse en las fiestas de los narcos, levantarles a las chicas y luego ya si tal desmantelar las redes mafiosas.

Como dijo Oscar Wilde, es la realidad la que imita al arte. Menos en España, donde la realidad imita a la televisión. Por eso en el Levante decidieron hace tiempo montar una versión doblada al valenciano -un idioma muy resultón a la hora de contar billetes- de Miami Vice. Lo único es que a falta del Crockett original, hace de Don Johnson el popular Alfonso Rus, expresidente de la Diputación de Valencia y exalcalde de Xàtiva. No luce las chaquetas de lino arrugado con el mismo garbo que el yanqui, pero tiene lo que se dice auténtica devoción por los bólidos y un día, en pleno calentón mitinero, le prometió un Ferrari a cada votante, reinventando la fórmula sagrada de la democracia. En vez de un hombre, un voto; una papeleta, un Ferrari. Toma progreso.

A Rus lo llevaban siempre a los mítines del PP para animar el cotarro y a los postres a veces se arrancaba a cantar sus grandes éxitos, entre los que fue número uno su Zapatero fue un error. Ayer unos guardias civiles le calzaron las esposas, pero no por desafinar al micro con su karaoke de Zapatero fue un error, sino por unas mordidas que investiga el juzgado.

La macrorredada, que quedó muy vistosa en los directos televisivos, explica por qué Valencia representa mejor que ningún otro paisaje peninsular la orgía de ladrillos y fajos de 500 que todavía hoy nos está estallando en la cara. Valencia, que además de ser la habitación del pánico donde se refugia el PP en caso de aquelarre es el feudo de sagas entrañables como los Borgia, tiene un punto de delirio a lo Nerón. Por algo el emperador fue el pionero de esa cultura pirómana de las fallas que para celebrar la primavera le prende fuego a los ninots con bonos del Tesoro a diez años.

En Valencia todo va tan deprisa como aquel circuito de fórmula 1 que habían montado para un fin de semana. Allí la realidad se convierte en cuestión de segundos en un resto arqueológico, con obscenas ruinas de ahora mismo como ese estadio de Mestalla bis a medio construir o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Calatrava, que se va cayendo a pedazos como gran metáfora de una época.

Pero mi ruina favorita de Valencia Vice es el aeropuerto peatonal de Castellón. Y mi frase preferida de esta serie inédita es tan gloriosa que a veces pienso que ni siquiera encerrando juntos en una cabaña a los guionistas de The Wire y Los Soprano inflados de whisky y anfetas hasta las cejas habría salido una sentencia tan redonda. La pronuncia Carlos Fabra el día de la inauguración del aeropuerto fantasma mientras se agacha a hacer una carantoña a su nieto:

-¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?