Salir del laberinto


El paisaje que ha dejado la batalla electoral es de tal complejidad que parece imponerse la conclusión de que, para liberarse del profundo malestar existente, la sociedad española se acaba de meter ella solita, y a través del mecanismo impecable del voto, en una situación irresoluble que se parece mucho a un laberinto. Con toda modestia: discrepo. Sencillamente, porque en un enrevesado laberinto hace ya mucho tiempo que estamos metidos de hoz y coz. Lo de ahora sería una fase nueva que, curiosamente, podría iluminar una vía de salida.

Recordemos los hechos siguientes, que conforman los vértices del espacio irrespirable en el que hemos vivido durante los últimos años. Primero, la gran crisis financiera alcanzó en el 2008 a la economía española en las peores condiciones posibles, con una deuda (privada) totalmente fuera de escala que se hacía casi imposible refinanciar. Segundo, un perplejo expresidente Zapatero se vio obligado a dar un viraje de 180 grados a su política en mayo del 2010. Preguntado por las razones, apenas balbuceó: «No sabía que los mercados tuvieran tanto poder». ¡Cómo si los manuales de economía no hablaran de ello desde al menos quince años atrás! Tercero, la situación catastrófica -realmente próxima al colapso- de la economía española en el 2012 se debió, más que a la famosa herencia recibida, que no era buena, a la disparatada gestión inicial del propio Gobierno de Rajoy (véase el caso Bankia), quien dejó por entonces una sentencia particularmente preocupante: algo así como «No cumplo mis promesas, pero sí con mi obligación».

En cuarto lugar, la mejora reciente de la economía española está socavada por todo tipo de contradicciones: el prolongado e intenso ajuste fiscal no ha impedido un registro histórico de deuda pública; la reducción del paro no ha traído apenas creación de empleo (solo su reparto); y estamos aún claramente por debajo del nivel de renta anterior a la crisis. Y quinto, frente a un gran desafío independentista no ha habido más política que la de no pestañear.

La nueva situación política obliga a otro modo de hacer las cosas. Probablemente la única forma de evitar unas nuevas elecciones es abrir un interregno en la política ordinaria: un período de un par de años para proceder a algo inexcusable (y que sin estas condiciones extraordinarias probablemente no se llevara a efecto): la reforma constitucional. En ese tiempo, un Gobierno de la primera minoría (el PP) debiera incorporar a su política una parte significativa de las preferencias de otros grupos, por usar una expresión de mi colega Antón Costas. Es decir, cambiar la política, para lo que es fundamental contribuir a un viraje en la hasta ahora malhadada estrategia europea, que, como acaba de afirmar con precisión Matteo Renzi, está en el fondo del desorden político que se vive con caras distintas en casi todo el continente. Lo que parece la parte más oscura del laberinto, ¿no mostrará en realidad su salida?

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