Mercaderes del odio


El mundo se ha convertido en una gran hoguera de gritos ardientes. Han soltado la muerte a vagar libre por campos y ciudades y acabó llenando los caminos y las calles de seres sin vida con los ojos abiertos, preguntándose por qué les han robado el aliento y las horas de felicidad. El vértigo de las últimas jornadas ha sustituido a la perplejidad en la que estábamos instalados. La dama fría ha parado el circo del día a día, que ya ha dejado de divertir mientras las caras de los cadáveres sigan presentes en nuestras mentes. La violencia parece insaciable, como el mar, que recibe constante el caudal de los ríos, pero nunca se llena. Cuando la balanza pierde el punto medio, no hay equilibrio y la sociedad se desangra. Empédocles, que dicen que compartía igual afición por el vino que por la filosofía, quedaría fascinado con el equilibrio natural de la desembocadura del río Anllóns, una de las fuentes de inspiración del bardo Pondal. Allí los patos relajados hurgan con el pico en la ciénaga mientras el sol se mira en la capa de agua plateada. Es un escenario de paz y uno de los lados de la balanza. La historia ha dado muchas vueltas a lo largo de los siglos, pero las cuatro raíces de Empédocles, el agua, el fuego, el aire y la tierra están sometidas, según él, a dos fuerzas, el amor, que las une, y el odio, que las separa. Cuando el equilibrio se rompe, la sangre de inocentes acaba sobre los adoquines de las calles y las arenas de los desiertos. Alguien dijo que el problema no son los fanáticos en sí mismos sino las armas que empuñan y que la injusticia es el peligro y las armas, su instrumento. El mundo no será un lugar seguro mientras a los mercaderes del odio no les importe levantar sus torres a base de dolor.

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