El pasado sábado se celebró el Día Mundial de la Salud Mental. La escasez de referencias en los medios tradicionales refuerza la convicción de que un pesado muro de prejuicios separa aún a quienes padecen estas enfermedades.
Como en tantos otros casos, mientras no nos toca de cerca, parece algo lejano. Pero no lo es tanto. Según datos de la OMS, una de cada cuatro personas presenta un trastorno mental a lo largo de su vida. En Galicia hay más de 40.000 personas con certificado de discapacidad por enfermedad mental. La crisis ha contribuido a incrementar las estadísticas, al tiempo que los recortes inciden negativamente en la asistencia.
Se cree que más de la mitad de las personas que necesitan tratamiento por este tipo de enfermedades no lo reciben. Si a esta circunstancia se une la escasa inversión pública que incluso los países más desarrollados dedican a las dolencias relacionadas con la mente, el panorama es aún más preocupante.
El muro de los prejuicios empeora la situación. El enorme avance registrado en la visibilización social de otras enfermedades que hasta hace pocos años apenas se mencionaban en público -por la acción decidida y valerosa de pacientes que hicieron público su mal y se asociaron para hacerle frente- no se ha dado aún en lo relativo a los achaques relacionados con la mente.
Una joven enferma de estrés postraumático contaba estos días a un periódico que cuando se rompió un brazo lo contaba a todo el mundo, pero con una enfermedad mental es diferente. «Para mí la dignidad es ser respetado, comprendido y aceptado».
Tan sencillo, pero tan difícil. Un alto muro a derribar. Con el esfuerzo de todos.