De cómo un error se convierte en negocio

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

16 jul 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

El día en que le mataron a su jefe de Gobierno se dice que Franco, impávido y enigmático, hizo uso del viejo refrán: «No hay mal que por bien no venga». Lo mismo debieron pensar nuestros próceres el día en que abrieron el tramo de la autovía del Cantábrico que discurre entre Abadín y Mondoñedo. Un monumental error de trazado, que ya se ha cobrado vidas humanas, se ha transformado, por arte de birlibirloque, en una copiosa fuente recaudatoria. En vez de corregir la metedura de pata y deshacer la trampa mortal, instalaron un fielato para quitar los cuartos a los conductores, pretextando que así velan por su seguridad. Montan la emboscada y, por un módico precio -con rebaja del 50 % si paga pronto-, le evitan caer en ella. Viejo método patentado hace décadas por unos señores de Chicago.

Del error no cabe duda. Pudo haberse evitado si los técnicos de Fomento se asesoraran con los lugareños: todos sabían que la niebla apoza continuamente sobre el alto de O Fiouco y el viento «puxa tanto que destolda os camións». Gerardo Ledo, ganadero de Argomoso, lo advirtió en declaraciones a La Voz de Galicia. El campesino alegó su experiencia: «Veño mirar do gando e pola néboa non vexo nin a cancela». Expuso su diagnóstico: «O trazado é terrible e vai facer boa a vella carretera». Y aventuró su predicción: «O Fiouco pechará 300 días ao ano». Ciertamente, la eficiencia económica pasa por una redistribución del trabajo: algún ingeniero debería estar cuidando vacas y algún ganadero, diseñando carreteras.

De la enmienda, incluida la que parecía más factible: la construcción de un túnel libre de niebla en el tramo más peliagudo, nunca más se supo. Nuestras autoridades se percataron pronto de que la chapuza brindaba una oportunidad de negocio. E instalaron la cabina del peaje con tecnología puntera: un radar de tramo, cámaras de vigilancia, paneles de señalización variable, sensores de variables atmosféricas, balizamientos viales... Todo en aras, dicen, de su seguridad. Y de la sed, añado, que padece el erario público en estos tiempos de sequía.

Así que ya lo sabe, amigo conductor. Si tiene que atravesar el alto de O Fiouco, puede encontrarse con tres eventualidades. La primera, que el tramo de autovía esté cerrado. La segunda, que la niebla esté espesa y el panel limite la velocidad a cincuenta kilómetros por hora. En este caso apenas hay riesgo de sanción, porque usted será incapaz, salvo propósito suicida, de circular a más de diez o veinte por hora. La tercera, que halle la vía expedita de nieblas, heladas y vientos. Pero ni así cante victoria: seguro que, ante esa situación excepcional, olvida usted la señal que cifra la velocidad máxima en cien kilómetros por hora. Y multa al canto y no sé cuántos puntos de descuento.

Una posdata para malpensados. Este comentario no responde a ningún cabreo de índole personal. Solo una vez atravesé, en tensión y a paso de tortuga, el susodicho tramo de autovía. Y salí de él con los huesos y la cartera indemnes. Que conste.